De los seis candidatos a las elecciones presidenciales que se celebrarán el próximo día 9 en Argelia, sólo uno, el actual presidente Abdelaziz Buteflika, tiene posibilidades reales de ganarlas. Mejor dicho, sería milagroso que no lo consiguiera dado que tanto el gobierno como el Estado han desplegado todos sus medios dentro y fuera del país para que los comicios del próximo jueves sean un plebiscito a favor de Buteflika que intentará un cuarto mandato de poder absoluto e indiscutible.
Pese a los medios puestos a disposición del candidato pocas elecciones ha habido en Argelia que hayan producido menos entusiasmo entre la población lo que anuncia una abstención masiva sobre todo entre los jóvenes para quienes el régimen ha sido incapaz de ofrecerles trabajo y esperanza de que la situación cambie para ellos y sus familias. En el Consulado de Francia en Argel la cola de quienes solicitan permiso para emigrar a la antigua metrópoli sigue siendo impresionante y lo mismo sucede con otros Consulados europeos, incluido el español.
Pese a la espectacular subida del crudo y el gas en los mercados internacionales y la llegada a las arcas argelinas de considerables fondos, el país sigue navegando entre un paro masivo -sobre todo entre los jóvenes- y el desarraigo popular. Si acaso el régimen ha puesto en marcha algunos proyectos faraónicos de obras públicas como la autopista que cruzará el país de Norte a Sur realizado por una empresa china, como son chinos los miles de trabajadores que construyen en los alrededores de la capital grandes bloques de viviendas populares en un intento de luchar contra el déficit habitacional que durante años caracterizó la vida cotidiana de los argelinos.
Buteflika ha logrado a lo largo de sus tres mandatos ordenar el caos reinante tras la guerra contra el integrismo capitidisminuido y prácticamente acabado aunque de vez en cuando sigan produciéndose atentados de cierta envergadura contra la población civil. La colosal afluencia de divisas gracias a la subida de los carburantes le sirvió al "pequeño Alí" (como se le conocía durante la guerra de liberación) para relanzar algunos planes populares que inevitablemente ciertos sectores de la población han aprovechado y valorado.
Nadie espera que en su cuarto mandato, Buteflika promueva proyectos diferentes de los que inició hace más de un década. Tampoco variará en lo fundamental la política exterior del régimen pro-islámico, africanista, "anticapitalista" y antinorteamericano. Las cosas, pues, seguirán como estaban y nadie es suficientemente crédulo en Argelia para creer en un verdadero cambio en profundidad.

