Miércoles 21.11.2018

En defensa del casticismo

Cada quince de agosto, mis padres solían llevarme a dar una vuelta por las madrileñas fiestas de La Paloma. Es una tradición familiar que me gusta conservar, aunque deba ser sin ellos. Este año, la programación anunciaba “música castiza” en las Vistillas. Al contrario que a la mayoría de integrantes de mi generación, el adjetivo “castizo” no me causa rechazo, sino más bien lo contrario. Se trataba de chotis, pasodobles y zarzuelas populares. Lo cierto es que el planteamiento era algo cutre, porque se limitaron a poner una grabación muy artificial, en lugar de contratar alguna orquesta en directo. Pero me emocioné igualmente, pues todas esas piezas forman parte de mi propia idiosincrasia y mi limitada biografía está plagada de recuerdos en los que aparecen, de uno u otro modo. Sin embargo, a mi lado había una pareja indignada. Un treintañero que se quejaba del carácter “fascista” de la programación musical y que acabó marchándose bruscamente al sonar el pasodoble “En er mundo”, habiendo alcanzado su límite de indignación. Su postura, que no es única ni exclusiva, me condujo a reflexionar.

Indudablemente, hoy en día el adjetivo “castizo” arrastra una serie de connotaciones negativas. Hay quien lo asocia a otros términos como “casposo”, “anquilosado”, “inmóvil”, “conservador”… Incluso a “hortera”, “ignorante” o “paleto”. Estas asociaciones comenzaron a finales del siglo XIX, con el movimiento del Regeneracionismo y de la Generación del 98, y resulta necesario contextualizar la época para comprender el origen de dicha animadversión. La muerte de Alfonso XII en 1885 hizo que su esposa María Cristina de Habsburgo tuviera que ocupar la Regencia hasta 1902, cuando Alfonso XIII alcanzó la mayoría de edad. En este período, reinó una gran inestabilidad en España, principalmente en el terreno de las relaciones internacionales, en el que se desarrollaron varios conflictos, como el de Marruecos y, sobre todo, el de la pérdida de las últimas colonias españolas en 1898: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Surgió entonces el movimiento ideológico del Regeneracionismo, cuyo ideólogo más importante fue Joaquín Costa. Consideraba que, para poner en marcha el país, había que desmitificar la historia pasada, luchar contra el caciquismo y la oligarquía y reformar la educación. Miguel de Unamuno publicó en 1902 En torno al casticismo, una obra en la que reunía cinco artículos que habían visto la luz previamente, en 1895, en la revista La España Moderna. La postura de Unamuno en esta obra, como la de la mayoría de noventayochistas, era criticar la cerrazón de España frente a Europa, que consideraba una de las principales causas del atraso de nuestro país. Una postura comprensible y admirable en aquella época, cuando resultaba necesaria la europeización –por la que ya abogaba Larra desde el Romanticismo.

Sin embargo, esta actitud pierde sentido en nuestro siglo XXI, en plena “era de la comunicación”, dominada por el concepto de “aldea global” y por el prestigio social de la sociedad americana. En los tiempos que corren, enorgullecernos de nuestras raíces culturales es casi una necesidad, para no condenarlas al olvido. De hecho, en lo que respecta a la música, hay estudiosos que trabajan desde hace años en la recopilación de nuestro patrimonio, como la Fundación Joaquín Díaz, que recupera las canciones procedentes de la literatura peninsular de tradición oral, atendiendo especialmente al romance.

Gran parte de los jóvenes rechazan la llamada “música castiza” –y sobre todo el pasodoble– porque la asocian equivocadamente al franquismo, al modelo de España defendido por el dictador; también a la fiesta de los toros. Esta postura, como digo, es un error garrafal, que se solventaría si todos leyéramos un poco más y dejáramos de lado los prejuicios. No entraré ahora en la polémica de los toros –eso me daría para una columna entera–; baste decir que no todos los pasodobles son taurinos: es una modalidad más junto a otras tantas entre las que se cuentan los populares, los festivos, los militares… Por otra parte, la mayoría se compusieron antes de la dictadura. Para demostrarlo, a continuación citaré una serie de ejemplos de piezas muy conocidas.

“Gallito”, considerado, este sí, el himno oficial taurino, es uno de los más antiguos: tiene su origen en 1904 y se debe al maestro Santiago Lope Gonzalo –director y fundador de la Banda Municipal de Valencia–, dedicado al torero Fernando Gómez Ortega, “Gallito Chico”. Lo supera en antigüedad “Suspiros de España”, cuya primera versión ve la luz en 1902.

El famoso “El Gato Montés” forma parte de la ópera homónima de Manuel Penella Moreno, estrenada en 1916. A pesar de que en la actualidad se encuentra íntimamente conectado al mundo del toreo, no fue compuesto con esta finalidad. Lo mismo ocurre con “España cañí”, obra de Pascual Marquina Narro en 1926. Su título definitivo, que tanto rechazo puede causar, fue sugerido en 1928 por una diva del teatro muy próxima a figuras como Federico García Lorca o Rafael Alberti –poco sospechosos de ideología fascista–. Me estoy refiriendo a Encarnación López Júlvez, “La Argentinita”. Además, “España cañí” fue el primer pasodoble que sonó en la Plaza de las Ventas en 1931, en una corrida celebrada a beneficio de los parados de Madrid y presidida por el mismo Niceto Alcalá-Zamora, presidente por entonces de la Segunda República Española.

Mejor suerte ha corrido “Paquito el Chocolatero”, de Gustavo Pérez Falcó, que sigue sonando en fiestas de todo tipo, aunque unido a una cierta actitud socarrona y displicente. Su origen es, desde luego, festivo: se halla en las fiestas de moros y cristianos de Alicante y Valencia.

Mi favorito, “En er mundo”, se remonta a 1930 y es obra de Juan Quintero Muñoz. Aunque ha sido ampliamente versionado e interpretado en numerosas películas, me sigue emocionando aquella escena en la que lo escuché por vez primera, perteneciente a El sur, de Víctor Erice, estrenada en 1983. En dicha escena, inolvidable, la niña protagonista baila durante la celebración de su primera comunión con su enigmático padre, interpretado por el magistral Omero Antonutti. Considero que es una de las escenas cumbre de la historia del cine español. Recordándola, me resulta imposible no compadecerme de la ignorancia de aquel treintañero tan indignado en la fiesta de La Paloma, que huyó nada más comenzar a sonar la pieza. Es triste la perspectiva de que, a causa de prejuicios absurdos, con el paso de las generaciones esta parte de nuestro rico mosaico cultural vaya cayendo progresivamente en el olvido. La cultura sigue inspirando, a su forma, un cierto temor. Es muy fácil despreciar lo que no se comprende.

Marina Casado

marinacasado.com

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