Miércoles 21.11.2018

Deseaba regresar a Italia. Tenía la memoria plagada de fogonazos de belleza, de recuerdos amables, de idilios inconcretos. La conocí a los quince años. Trece después, he podido volver a pisar las calles de Pisa, de Florencia, de Roma. Lejos de las fronteras de la adolescencia, los lugares pierden parte de su encanto: se vuelven más afilados, más retorcidos, más álgidos. La mirada deja de pasear, flotando; debe agarrarse con fuerza al suelo, vigilar las esquinas de la cotidianeidad, rechazar todas las amenazas rutinarias.

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Florencia es un cuadro del Renacimiento invadido por una masa descorazonada de turistas. El verde de su río Arno y de su catedral, Santa Maria dei Fiore, se asfixia entre mareas de seres humanos que hacen colas interminables para comprar bocadillos, helados, arte. He soñado a veces con caminar por una Florencia dormida, desprovista de personas, acariciando con la mirada las estatuas de la Piazza della Signoria, invadiéndome otra vez de majestuosidad al tratar de abarcar con las pupilas el Palazzo Vecchio y su Torre de Arnolfo. Más allá, en la Piazzale Michelangelo, la respiración regresa al contemplar las vistas de la ciudad en el atardecer, porque todo paisaje adquiere un misterio indomable y pacífico desde la distancia. Y así, recuerdo la caída de la noche en aquella colina y una guitarra eléctrica coloreando temas sesenteros y algunos besos y la gente, menos amenazadora, posada sobre unas escaleras, y el Ponte Vecchio, lejano con sus tres ojos, vigilante.

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Roma se erige como capital amalgamada de caos y de belleza a partes iguales. Unas ruinas imperiales, un antiguo palacio renacentista, van apareciendo súbitamente detrás de cada esquina, por las calles más improbables, mientras nosotros tratamos de sobrevivir a los coches que no respetan los semáforos en verde, de aferrarnos a las aceras a menudo inexistentes. Ya lo dijo Rafael Alberti: “Roma, peligro para caminantes”. Alberti, que paseó su exilio por el barrio bohemio del Trastevere, por sus callejones estrechos e invadidos de macetas, por sus terrazas y sus iglesias. “Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, / tanto como dejé para tenerte”, escribió al partir hacia Italia, al abandonar su exilio argentino de caballos bajo el sol y arboledas interminables. Y Roma le dio todo su arte y todo su caos, muchos buenos amigos y algún gran amor. En el Caffe de Marzio, uno de los que más frecuentaba, todavía se conservan algunos cuadros y poemas que le regaló a su dueño. Sentada en la terraza, con vistas a Santa Maria in Trastevere, me tomo un spritz –esa bebida que atrapa por su tonalidad naranja y que decepciona por su amargor– mientras imagino a Rafael riendo, caminando junto a María Teresa León de vuelta a su casa, en Via Garibaldi 88.

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Roma es también ciudad de contrastes: asusta contemplar la riqueza, el vertiginoso esplendor de los Museos Vaticanos, con sus miles de tesoros y su Capilla Sixtina por la que Miguel Ángel sacrificó su vista y su cordura; la Basílica de San Pedro, sueño de Bramante concluido por Bernini, autor también del célebre baldaquino de bronce. El centro del cristianismo, el templo absoluto de una religión que entre sus tres votos contempla el de la pobreza. Ciudad de contrastes, decía, porque al otro lado del río se erigen las ruinas de lo que fue el Anfiteatro Flavio, el espectacular Coliseo en el que todavía resuenan los ecos de gladiadores, de fieras, de condenados a muerte; el rugido monumental de los espectadores ávidos de sangre. Frente al esplendor sin aristas de Ciudad del Vaticano, la gloria caída del Imperio, las estatuas de los césares en las que hoy se posan las palomas, el conjunto de piedras y de monumentos heridos al que quedó reducido el Foro, desplegado como un antiguo sueño bajo el monte Palatino. Mientras recorremos la Via Sacra, llenándonos los ojos de sol y ruinas, pensamos en la insignificancia del ser humano, en la poca consistencia que alberga el poder, en la facilidad con la que se vino abajo la civilización más fastuosa de la Antigüedad, y entonces toda la riqueza del Vaticano se nos antoja vulnerable, inútil.

 

Lejos, en otro tiempo, en otro mundo, algún césar también recorrió los caminos que ahora pisamos como turistas descorazonados, como rápidos e insultantes buscadores de belleza que se detienen y respiran después de la caída del sol.

 

Marina Casado

marinacasado.com