José Romero

Aquellas putas de Montera

Aquellas putas de Montera

Como es día festivo-cosa habitual en nuestro querido país-, me levanto tarde y me voy al centro de Madrid para tomar el vermut. Me gusta sobre todo el de grifo, no el de botella. El de grifo peleón, más de barrio. Suelo tomarlo en la calle Hortaleza esquina Infantas, en un establecimiento llamado Stop Madrid.  Es un bar a la antigua, lleno de modernos con barba, algún guiri despistado y mujeres con el pelo teñido de rojo que mola mucho y les da aspecto de ser izquierdas o lesbiana. Decorado con mesas y sillas bajas de madera, nada de diseño tipo Ikea, es un lugar entrañable, de los que merece la pena visitar. La bebida suele estar acompañada de una tapa de mejillones en escabeche mezclados con patatas fritas de bolsa que están de puta madre.

Da la casualidad -o que los mismos dioses han aprobado esa conjunción-, de que allí me encuentro con un colega que hace tiempo que no veía. Se trata de Juanjo, un buen tipo que fue compañero de estudios en el instituto. De siempre ha sido un soplanucas, vamos que le gusta más un chulazo que comer, pero nos une amistad verdadera. Como tiene mucha pluma, el saludo es absolutamente escandaloso y gracioso.

La conversación avanza por derroteros clásicos con preguntas tipo “¿Cómo está la familia, tu mujer, tu hijos?”. Me avanza que se casado con un ingeniero de minas y que es muy feliz, de lo cual me alegro sinceramente. Después de varios vasos, decidimos dar un paseo para seguir recordando nuestra adolescencia. Lo cierto es que ambos estamos algo perjudicados por la bebida, por lo que decidimos hacer lo que se debe en estos casos: seguir bebiendo.

Así que comenzamos a pasear buscando baretos donde proseguir nuestra charla y echarnos al coleto unos tragos. Cruzamos la Gran Vía, siempre pletórica de vehículos y viandantes y bajamos por Montera. Según desgranamos metros de zona peatonal, observo a unas cuantas mujeres ligeras ropa, paradas en la calle. Unas se apoyan en un árbol, otras en las fachadas de los edificios que conforman la calle. Algunas beben un Red Bull con pajita ¡Vaya ironía! El caso es que sería muy sencillo describirlas con todos los tópicos del caso: mirada triste, sonrisa forzada. Pero nada de eso. Parecen hacer el trabajo con profesionalidad, sin ningún tipo de resentimiento hacia la sociedad.

Mi amiguete se percata de que miro a las putas, que aunque son mujeres malas, la verdad es que están muy buenas. Juanjo sonríe ampliamente mostrando una dentadura perfecta.

-¿Te gustan, verdad?-pregunta divertido.

-¡Joder!-contesto-¡Es que están muy buenas! Lástima que estén explotadas por gentuza sin escrúpulos. Algunas de estas chicas podrían ser lo que quisieran en la vida.

Juanjo me mira y se sonríe.

-Tienes razón en que algunas no están aquí porque este oficio les guste precisamente. Sin embargo, te voy a presentar a una que es amiga mía. Y es muy singular, ya lo veras.

Dicho y hecho. Al rato nos encontramos sentados en un Kebap con una rumana de unos veinticinco años. La piba esta de toma pan y moja. Con un culo de escándalo y unos pechos tan tersos como la carrocería de un Audi.

-A mi gustar ser puta-dice en un español macarrónico-. Tengo dos casas en mi pueblo, cerca de Bucarest. Dentro de unos años me retiro. Soy una emprendedora amigo, no voy a trabajar por novecientos euros fregando escaleras. No jodas.

Me sorprende. Estoy tan mediatizado por la propaganda oficialista que las pone a todas como víctimas, que no doy crédito a lo que escucho.

-Mi cuerpo vale mucho-continua-. Y le saco provecho ¿Qué me diferencia de otra mujer o hombre que vive de su cuerpo? Un futbolista vive de su habilidad y de mantener un cuerpo atlético. Una modelo, no te digo ¿Qué hay de malo en que yo haga lo mismo? Además, todo lo que gano es en negro. No pago impuestos ¿a qué está de puta madre? Y por supuesto, me acuesto con quien yo quiero. No aguanto cerdos ni gentuza.

Estoy confuso. Me deja acojonado. La verdad es que nunca me había planteado la prostitución desde ese punto de vista.

-Si quieres, subimos un rato y te la chupo. Te hago buen precio porque eres amigo de Juanjo.

Declino el ofrecimiento cortésmente y continuamos nuestro camino. No bebemos medio Madrid, hasta que nos despedimos. Voy muy pedo en el metro para mi casa, pero no puedo olvidar los enormes ojos azules de la puta rumana. Y sobre todo, lo que no se me va de la mente es lo claro que lo tiene la tía. Desde luego, es más inteligente que muchos de los que conozco. No es solo un cuerpo bonito. Su cerebro rige como el de cualquier empresario o mejor.

¡Ole tus cojones!