José Romero

La soledad de Carmen

La soledad de Carmen

Carmen se ha pintado los labios con carmín y se ha colgado el bolso que alguien le regaló, y sale a la calle buscando amor.

Porque hace tiempo que se separó harta de domingos de fútbol y noches sin pasión. Los años pasaron rápidamente, en un suspiro; entre trabajar y cuidar a los dos hijos que engendró. Ahora ronda los sesenta y cada vez que se mira en el espejo, no reconoce a la mujer que fue. Los niños se fueron y las noches son eternas, gélidas en la soledad  naufragada del mar de sábanas inmaculadamente planchadas.

Es entonces cuando Carmen nota que el lobo de la soledad muerde su corazón, porque no hay nadie que la acaricie, nadie que la de un beso por las mañanas; porque no tiene el olor de varón a su lado, ni siente el pecho poderoso del hombre respirando junto a ella.

Carmen tuvo algún rollito, pero nada serio, que los niños todavía están en casa y son lo primero. Incluso mantuvo una relación secreta durante unos años con un señor de Murcia, que trabajaba de representante de una fábrica de aceites, hasta que descubrió que estaba más casado que un policía con su uniforme.

Así que Carmen se ha apuntado a clases de baile de salón, donde acude cada tarde de martes. Allí conoce gente de su edad y más joven, que pasan el tiempo aprendiendo pasos, figuras y otras técnicas, para luego, ya en horario nocturno, tomarse una copita que nunca viene mal para el cuerpo.

Allí hay chicos y chicas jóvenes, taxi dancers, que animan las veladas sacando a bailar a los alumnos. Hay uno, un cubano exageradamente guapo, exageradamente perfecto, que Carmen observa embelesada y con ira contenida. Porque solo baila con las jóvenes y guapas y ella junto a otras ya entradas en edad y en carnes, miran conformándose con los viudos calvos que les toca en suerte, salidos que intentan meter la mano debajo de la falda a la primera ocasión.

Carmen está enamorada en secreto del sensual cubano ya que es el hombre que siempre soñó, pero ya no es la jovencita hermosa con mirada de ángel y talle de avispa que encandilaba al barrio donde se crío. Y Carmen ahonda en la soledad absoluta con el desprecio del cubano, que de vez en cuando la sonríe antes de llevarse a una muchacha al terminar la noche. Porque todo es mentira, la televisión miente cuando sesudos tertulianos hablan del encanto de ser mayor, de la vida que queda por delante, del sexo a partir de los sesenta. Es una falacia: nadie te mira ni te desea a partir de cierta edad.

Y cuando está en su casa, algo piripi, sueña que su adorado mulato baila con ella en un gran salón iluminado por tenues luces de pasión. Y al día siguiente, se marcha  a la peluquería y viste con aquel vestido que nunca estrenó, se pinta los labios de carmín y sale a la calle, buscando amor.