José Romero

Espérame en el cielo

Espérame en el cielo

-Mi primer muerto era un chico de dieciséis años ¿Te lo puedes creer?

El que habla conmigo es Alberto, un policía ochentero, de esos que calzaba bigote,  patillas y revolver de seis cartuchos. Nos encontramos tomando unas cañitas en un bar del barrio de Villaverde, cerca de la carretera de Andalucía.

Lo de “mi primer muerto” suena un poco bruto, algo como “mi primera vez”. Aun así entiendo a mi amigo: la gran mayoría de nosotros jamás veremos un muerto. La muerte ha sido apartada de nuestras vidas como algo inexistente. Es el tabú del siglo XXI. Nadie quiere percatarse-o enterarse-, de la gente muere a nuestro alrededor. Algunos demuestran una curiosidad insana y se dedican a visionar videos macabros en YouTube, lo cual no sé si es bueno o crea monstruos como el sueño de la razón.

-Recibimos la llamada por la emisora central. Al parecer alguien se había arrojado desde el viaducto de la calle Bailen. Macho, yo era un puto novato, llevaba cuatro días en la calle y no estaba preparado para aquello. Mi compañero era veterano y estaba más curtido.

Alberto se toma un respiro mientras coge con la mano un cacahuete y se lo lleva a la boca.

-Cuando llegamos, me sorprendió su juventud-prosigue-. Además el cuerpo estaba descoyuntado y la cabeza rota. Un hilo de sangre corría pendiente abajo. Me quede petrificado. No sabía qué hacer. Fue mi compañero el que me despertó del estado de catalepsia en que me encontraba:”¡Vamos coño, ayúdame!” , me gritó mientras tomaba el pulso del chaval “Mira en los bolsillos, a ver si lleva documentación”, ordenó. Yo actuaba como un robot. Casi con miedo introduje las manos en sus bolsillos, pero lo único que había era un trozo de papel. Lo abrí. Era una carta.

Alberto se detiene. Observo un cierto temblor en la comisura de sus labios. Se nota que recordar aquel suceso le emociona.

-¿Qué decía la carta?-pregunto en plan cotilla.

-Era una carta de amor. Todavía recuerdo una por una sus palabras.

Alberto toma un sorbo de la cerveza y prosigue.

-Decía: “Te amo más que a mí mismo. No puedo vivir sin ti y tú me has dejado sin ni siquiera una explicación. Te espero en el cielo, y si no existe, lo inventaré para ti.” Cuando se la mostré a mi compañero, este no mostró ninguna emoción. Tan solo dijo: “otro gilipollas que no se ha enterado que de amor ya no se muere”. Tenía dieciséis años y se mató porque la novia le dejo ¿Qué opinas Pepe? ¿Qué opinas de eso?

-No sé-respondo-. La verdad es que es una historia excesivamente dura y tierna a la vez. Pensaré en ello.

Cuando nos despedimos y monto en mi auto para volver a casa, no puedo quitarme de la cabeza la historia de mi amigo Alberto. Pienso en las noches de amargura que aquel muchacho debió pasar. Pienso en la desesperanza que inundaba su juvenil corazón. Intento imaginar cómo sería la chica de la que tan fuertemente estaba enamorado. Quizás era una adolescente, de largos cabellos, cara de angel y cintura estrecha. O quizás no. Y al final descubro que no estoy de acuerdo con el compañero de Alberto: creo que todavía es licito morir de amor, porque todos lo hemos hecho alguna vez. Porque no nos equivoquemos, amar es poseer a la otra persona. Ser único para ella y viceversa.

Sin querer, en la radio suena una antigua y preciosa canción del genial Antonio Machín, ya casi olvidada en los tiempos que corren:

“Ya doblan las campanas,

Se llevan a mi amor

Y en mi pecho hace nido

La desesperación.”

“Espérame en el cielo

Cariñito adorado

Que si Dios te ha llevado

Fiel te juro ser yo.”

Y descubro que se me caen las lágrimas mientras conduzco.