José Romero

Envidia

 

He quedado con mi amigo Alberto 'el filetes', -le llamamos así porque su padre era carnicero-, para tomar unas cervezas por el centro de Madrid ya que hace tiempo que no nos vemos. Siempre ha sido un tío guapo, de buen porte, educado y afable, pero cuando nos encontramos, no lo reconozco. Ha adelgazado un montón de kilos y un pequeño espasmo, abre y cierra su ojo derecho.

-¿Qué te ha pasado?-pregunto mientras el camarero nos sirve unas birras-. Tienes un aspecto horrible.

Alberto me mira con tristeza. Tras dar un sorbo a la rubia bebida, comienza su historia.

-¿Recuerdas que me case con Vanesa, la chica tan guapa que conocí un verano en la costa?

Contesto afirmativamente con un gesto de cabeza.

-No solo era físico. También era mujer sensata, inteligente, cariñosa y todos los adjetivos benéficos que se te ocurran. Fuimos muy felices durante años, pero con la crisis económica llegaron los problemas. Tuve que cerrar la carnicería que mi padre me había legado y quedé en desempleo. No es que pasáramos penurias, pues ella trabajaba en la oficina de una gran empresa, pero yo caí en depresión, acostumbrado como estaba a trabajar desde siempre. Hizo todo por ayudarme y habría hecho mucho más-pues su amor era sincero-, de no ser por la peor especie de hombre que existe: el envidioso.

Están en todos lugares, en todos los trabajos. A la que salta, pues no soportan que una mujer tan increíble este con otro y desea arrebatártela, ya que ellos son mezquinos y nunca son felices con lo que tienen: siempre desean lo de los demás. Tan solo esperan la ocasión. Y esta llegó, como no podía ser de otra forma.

Una mañana, Vanesa llegó llorando al trabajo. Por supuesto, el fulano, oliendo su oportunidad, se acercó inmediatamente a ver qué ocurría. Mi mujer se soltó un poco con él y sin saberlo le proporcionó armas en mi contra.

De ahí a: “Si quieres tomamos algo a la salida y te desahogas”, un paso. De ahí a: “No quiero malmeter, pero siempre me pareció un poco chulo las veces que vino a buscarte”, otro paso. De ahí a: “Tú te mereces algo mejor que un carnicero”, uno más.

Vanesa comenzó a llegar tarde a casa, enredada en la fina telaraña que el astuto individuo iba tejiendo poco a poco. Esto aumentó los problemas entre ambos. Ya sabes: “¿De dónde vienes a estas horas, no me digas que siempre hay que quedarse para hacer horas extras?”

Al final, un día escamado de tanta tardanza los pille in fraganti. No divorciamos, por supuesto y ahora el, la pasea como un auténtico vencedor. A él le da igual los valores como mujer que tiene Vanesa, lo que le importa es que ha logrado arrebatármela aprovechándose de una mala situación. Te lo digo, amigo, cuídate de ese tipo de gente. Siempre están al acecho, urdiendo planes para putear al que consideran erróneamente que ha tenido más suerte en la vida que ellos ¡Cuídate Pepe!

-Si necesitas algo-acierto a balbucear-, lo que sea, llámame. Tienes mi teléfono.

-Gracias, lo sé.

Nos despedimos y me deja preocupado. Es un hombre muerto, un espíritu andante, una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento. Varios días después, tomando una copa en una discoteca, veo a Vanesa y a su nuevo novio entrar por la puerta. Ella esta espectacular como siempre. Él es el clásico tipo con aspecto de ser al que robaban el desayuno en el patio del colegio. No digo nada pero observo. Vanesa parece triste mientras el tipo la coge de la mano con orgullo, como cuando los atletas olímpicos suben al pódium con la medalla de oro en el cuello. Aún así, no deja de contemplar a las otras mujeres que están en la sala. Deduzco que está buscando su siguiente victoria.

Tened cuidado con esos hombres y mujeres-que también las hay-, que desean todo lo del prójimo. Siempre están agazapados en las sombras, preparados para dar el zarpazo. Son lo peor de la especie humana ¡Lo peor!