José Luis Mora

Penúltimo asalto

Penúltimo asalto

De todos los recursos argumentales de la política acaso el más holístico es la patria. Cuando Podemos recurre a él no disputa a la derecha un principio sublime sino una emotiva y atronadora simpleza.

Vengo de terminar el libro La desfachatez intelectual, de Ignacio Sánchez-Cuenca, donde he encontrado la idea del machismo discursivo, de Diego Gambetta: el debate agónico y sin concesiones, en el que la autoridad epistémica se entiende “proporcional al desparpajo y la osadía con que se presenten las opiniones”. Al otro lado, el razonamiento analítico y constructivo, la utilidad del dato y de la duda… Ello centrado en la figura del literato o el filósofo que pontifica sobre política en contraste con la del politólogo más fundamentado. Los modos de razonar de los primeros, dice, devalúan la calidad del debate público. Quizá de acuerdo.

Aunque me abre el apetito de otras cavilaciones no menos necesarias sobre sujetos aún más influyentes en dicha calidad de lo público y del debate. Los media por ejemplo, incluso las televisiones que trufan su desparpajo con entrevistas a politólogos sensatos, en un espacio que bien podría asimilarse a lo que en otros divertimentos antiguos denominaban la parte seria del espectáculo.

Se ha oído que la imitación explícita del catálogo de Ikea que ha hecho Podemos rompe moldes y pasará a la historia de la comunicación política; sin embargo, las palabras de su pequeño timonel en un programa de televisión donde unas familias le preguntaban, diciendo que le parecía un acto de control democrático superior al que se realiza en el Parlamento me estremece mucho más que la brillante osadía del catálogo.

Volvemos a las urnas tras una segunda campaña de recuelo. Penúltimo asalto de un combate con final incierto. El anterior se caracterizó por la contienda entre los aventurados en un acuerdo necesario y los decididos desde los inicios a impedirlo. Se impusieron los segundos y esa victoria, honras aparte, exhibe su poder y la impotencia de los otros. El de ahora se desarrolla así, como un pulso desigual entre los añicos dolientes de la transversalidad y la exultante porfía.

Echo de menos la grisura de la letra y el valor de la palabra frente al color y el ruido. ¿Por qué no publicar el contenido de los programas principales en el BOE, como las candidaturas, pongamos en la sección de Anuncios o en Notificaciones? Claridad y compromiso, el qué por encima del cómo, y a partir de ahí la pedagogía y la controversia políticas, mejorando al paso la calidad de unos debates electorales que no pasan de ser duelos o, entre caballeros, justas.