Escepticismo, ironía y humor

Escepticismo, ironía y humor

Se echa en falta hoy en España el humor de Cervantes o del portugués Eça de Queiroz. El gran maestro más reciente fue para mí Josep Pla, con su humor honesto y vago, pero tiene pocos seguidores, salvo Eduardo Mendoza, que han cultivado las tres virtudes del sano distanciamiento de la realidad, que son el humor, el escepticismo y la ironía. Son tres formas de enfrentar la realidad que no se dan en la política y muy poco en los medios de comunicación (como excepción, menos mal, del Gran Wyoming y Quim Monzó). 

Lo que tenemos son sobre todo chirigoteros, ese derivado chabacano del humor, o a los agrios sarcásticos, con su dosis de mala uva. Yo creo que en España los que más sentido del humor fino han tenido siempre han sido los catalanes. Escritores, periodistas, dramaturgos catalanes, han tenido siempre su ramalazo de humor y el no tomarse demasiado en serio, de dar un contrapunto de gracia a sus discursos y escritos. Hoy, en cambio, parecen haber perdido ese seny.

La realidad es demasiado cruda, plana, sectaria y maniquea. Sólo parece haber buenos y malos y por eso surgen los sabelotodo que nos van a salvar, como Trump, el Brexit, Syriza, Le Pen, Podemos y tantos doctrinarios que todo lo hablan y todo lo saben. Son entre demagogos y déspotas, cultivadores de las post verdades, palabra acuñada este año. Pero sobre todo hay algo común en ellos, y es que se toman terriblemente en serio a sí mismos.

¿Hay algo más patético que la rectitud doctrinaria de tantos dirigentes? ¿Algo más aburrido y obvio que las frases hechas y banales, de tantos ministros y cargos públicos, que hablan con slogans? El gesto grave, la palabra ácida, el desprecio al adversario, sea al catalán, al español, al otro. Así son casi todos, serios como ajos o con la solemnidad tontona de sentirse infalibles. Algunos, que no nombro pero los conocemos, hacen además alarde de su antipatía.

Ante esta falta de sonrisa y de humor los españoles tenemos, menos mal, una vacuna que aplicamos en nuestra vida cotidiana, una cierta ironía, el chiste y la parodia, que nos ayudan a superar la seriedad egotista de tanto personaje público. 

No estaría mal que en 2017 se bajase un poco el diapasón de la agresividad, del insulto y del desprecio. Que pusiéramos en nuestros motores vitales una dosis de ironía, humor y una pizca de sano escepticismo para no creernos todas las patrañas ni confiar en tanto agorero.