Sisar en el peso y vender bulas

Sisar en el peso y vender bulas

Hay ciertos políticos, en España por supuesto, y también en países que tendemos a considerar algo más serios que el nuestro, que quieren tomar el pelo a los ciudadanos y, sin duda, hacen muy bien. Conviene no olvidar que, como muy acertadamente señalaba Ortega, es muy lógico, y hasta legítimo, que el obispo venda bulas a los incautos feligreses, prometiéndoles la salvación mediante el previo alivio del peso de sus bolsas demasiado llenas, así como que el tendero engañe en el peso a su fiel clientela, sisando ahora unos gramos y luego otros pocos, hasta conseguir acumular un respetable capital, no tanto por su criticable origen como por su importancia material. Lo que no sería lógico, ni mucho menos legítimo, continuaba razonando Ortega, es que el señor obispo truque la balanza de la carnicería o que quien quiera vendernos las indulgencias sea el tendero de la esquina.

En efecto, en estos días, tiene uno la sensación extraña de estar contemplando cómo se intercambian y confunden los papeles que desempeñan ciertos políticos. Los hay que afirman que, en el fondo y si uno se fija bien, la elección del nuevo Presidente de los Estados Unidos no plantea mayor problema para el resto del mundo. También los hay que salen sin rubor para anunciar las primeras medidas que adoptará el inminente Gobierno de la Cataluña independiente, incluyendo, como no, el control de la frontera con Andorra.

No importa que el reino se desmorone, la moneda pierda su fortaleza y que el sector terciario huya raudo hacia otras jurisdicciones más propicias

Y luego está el caso inenarrable de cierta primera ministra, apareciendo al cabo de meses de espeso silencio, que sin duda tanto ella como sus sesudos asesores no dudan en calificar de astuta espera, propia del más alto y refinado maquiavelismo, para anunciar con una solemnidad característica de áulico bufón que, ante la que se avecina, nada han de temer los sufridos ciudadanos de su país. No importa que el reino se desmorone, la moneda pierda su fortaleza y que el sector terciario, hasta entonces columna vertebral de su economía, huya raudo hacia otras jurisdicciones más propicias. Vivirán sus conciudadanos, ha afirmado esa señora, en el mejor de los mundos posibles.

Mientras tanto, como no podía ser de otra manera, ya que el actuar de esa forma y pretender tomar el pelo a sus ciudadanos está en la naturaleza previsible de esa raza de políticos, su divisa sube, los negociadores hinchan todavía más el pecho y los bancos y casas de seguros respiran aliviados. Otra cosa, naturalmente, hubiera sido que la primera ministra hubiese pretendido sisarles en el peso o venderles bulas indulgentes, anunciando, entre otros muchos males, las miserias que con esas decisiones políticas se avecinan para todos.