Poetas de mono planchado

Poetas de mono planchado
 

Hay personas, quizás muchas más de lo que a primera vista pueda pensarse, que de alguna manera, necesitan destruir a los que hasta bien poco antes fueron sus modelos. Aunque no cite a nadie de los que en el ámbito político y social nos rodean, el lector tendrá ya en mente algunos nombres que ilustran perfectamente ese tipo de actuaciones personales.

Entre nuestros poetas, quizás sea José Bergamín quien mejor represente el arquetipo de aquel que imperiosamente necesita destruir al padre modélico, de cuyo ejemplo y obra ha tomado prácticamente todo lo que de meritorio hay en la suya propia.

Mucho se ha discutido si Bergamín pertenece o no a la Generación del 27, o como a él mismo le gustaba afirmar, a la Generación de la República o si, por el contrario, sería más bien una especie de eslabón perdido de la generación anterior, más emparentado con Unamuno que con los del grupo de la Residencia de Estudiantes.

El caso es que Bergamín, antes de denigrarles hasta lo impensable, se deslumbró con dos grandes antecesores: el propio Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez. Más adelante, concentraría esa admiración desmedida hacia otro escritor veterano, hasta que llegara también el momento de ajustar cuentas con un André Gide, desencantado y desengañado de la terrible realidad de ese pretendido paraíso que Stalin intentaba a toda costa presentar ante los intelectuales de las democracias burguesas de entreguerras.

Es muy conocido el discurso de Bergamín, en plena Guerra Civil, durante el Congreso de Escritores Antifascistas, condenando sin piedad a ese Gide que había osado publicar algunas críticas a Stalin en un memorable libro escrito tras una visita a la Unión Soviética.    El ultra católico Bergamín demostró entonces, recordándonos quizás a algunos personajes de la política actual, que no tenía ningún problema para comulgar con ruedas de molino. De hecho, fue por aquel entonces cuando afirmó aquello de que con los comunistas, hasta la muerte, pero ni un paso más.

Poco después, ese mismo Bergamín justiciero de flamígera espada desde el confortable despacho de una sinecura en la Embajada de España en París, tomará de nuevo la pluma para justificar todavía más lo injustificable. Redacta un prólogo a una obra cuya autoría se oculta tras un pseudónimo, titulada Espionaje en España. Justifica y alaba el exterminio necesario del POUM, aquellos troskistas que, aseguraba Bergamín, eran todavía más peligrosos para la causa de la República que los propios militares rebeldes.

Al releer ese prólogo, uno cree que quizás no andase muy descaminado Juan Ramón Jiménez cuando definía a aquellos poetas que, como Bergamín, Alberti o León Felipe, se dedicaban a dilapidar los escasos recursos del Madrid sitiado, paseándose de “mono planchado y pistolita de juguete”, y organizando extravagantes francachelas en el palacio Spínola, en lugar de defender realmente la República.