La desvergonzada simpleza

Ulises demostró que era muy astuto cuando engañó a Polifemo y, sin dudar un momento en poner en grave riesgo su propia vida, salvó la de sus compañeros, haciéndole creer que, en lugar de los cautivos, eran las ovejas de su rebaño las que salían del fondo de su antro. En cambio, Artur demostró que no era astuto, sino tan sólo un pillo redomado, cuando dejó en la estacada a los que le habían acompañado, quien sabe si con algún resto de buena fe, por el camino que sólo lleva a las condenas judiciales, renegando de todos y de todo para intentar que a él no le alcanzase pena alguna.

También fue astuto Ulises al asegurar a Polifemo que su nombre era Nadie, para así luego al cegarle, confundir a los demás cíclopes a quienes pidiera ayuda, al decirles que nadie le había hecho el mal. No así Artur, que no fue astuto al cambiar el nombre de su partido, sino burdo aprendiz de tahúr, buscando eludir sus propias responsabilidades, como si los desmanes hubieran sido cometidos por otros con los que él nunca hubiera tenido nada que ver.

Ulises siguió siendo astuto cuando pidió a sus hombres que se taponaran los oídos y que a él mismo le atasen fuertemente al mástil de la nave, para no sucumbir al irrefrenable impulso de lanzarse contra las rocas cuando escuchase el canto de las sirenas. En cambio, Artur no es astuto, sino torpe, al basar su defensa en que él nada había escuchado, ni tampoco estaba claro, que le hubiesen apercibido para no que no actuase de cierta manera so pena de incurrir en las correspondientes responsabilidades.

Ulises demuestra de nuevo su astucia al llegar a Ítaca disfrazado, sin que nadie más que su fiel perro le reconozca, para vengar el honor de la hermosa y paciente Penélope, dando muerte a los inoportunos pretendientes. Sin embargo Artur, no es astuto sino de una simpleza rayana en la estulticia cuando, disfrazado de hombre de Estado, juega a confundir a cuantos más mejor, como si fuera el Monopoly abriendo embajaditas por doquier.

Y también Ulises fue muy astuto al comprender el peligro de comer aquella dulce planta que hacía perder la memoria, y ordenar que se abandonase cuanto antes la costa donde moraban los hospitalarios lotófagos. No es astuto Artur, tan sólo cínico, cuando intenta imponer a sus sufridos conciudadanos una desmemoria más profunda que la producida por la planta del loto, para que así olviden del todo ese constante latrocinio, cuando no  vergonzoso saqueo, al que durante años se les ha sometido.