La tensión que nos rodea

La tensión que nos rodea

No deberíamos cansarnos nunca de leer novelas de aventuras, de esas con muchos piratas, islas del tesoro, raudos bergantines, gigantescos dirigibles, mucho espadachín, revólveres humeantes, algún que otro puñal y frasco de veneno y, sobre todo, bellísimas y pérfidas mujeres de rubia melena que acechan, encaramadas a un alto taburete de barra americana, en precario equilibrio de largas piernas cruzadas, tal vez fumando en larga boquilla de ámbar, la ocasión para cambiar el curso de una guerra remota.

Tampoco deberíamos cansarnos de ver viejas películas en blanco y negro, en las que los neumáticos de una oscura limusina chirrían, conducida con mano experta por un gángster osado que acaba de asaltar un banco, escapando por los pelos de las ráfagas de metralleta de la banda rival, sobre un fondo de jazz y rascacielos art-déco, o en las que una pareja extraña recorre las calles de Roma al filo de la madrugada, con una visión de ensueño en la fontana de Trevi.

No tendríamos que dejar de escuchar jamás aquellas melodías que todavía hoy parecen pensadas para oírse únicamente en aquellos tocadiscos que trajeron la novedad de las grabaciones estereofónicas, con ritmos que invitan al baile y a olvidar las penas de cada día en un guateque interminable.

Quién sabe si, en efecto, no nos iría todo mucho mejor si, en lugar de en la monotemática tensión creciente que nos rodea, nos centrásemos en disfrutar de más lecturas, en ver más películas y en escuchar más canciones.

También en charlar más rato con los amigos, aunque a veces sea sobre política y sobre las miserias que conlleva, discutiendo de cualquier otro tema que nos llame la atención, sin afán alguno de imponer una visión sobre otra, sino tan sólo de pasar un buen rato en excelente compañía. Mejor nos iría a todos si cambiásemos la confrontación estéril por otras actividades más llevaderas, recuperando por ejemplo el placer del paseo lento y demorado, en el que no se trata de llegar a ninguna parte, y mucho menos en tiempo reducido, sino de disfrutar de todas esas pequeñas cosas que se aparecen a la vista de quien no lleva prisa, de tal manera que esa calle por la que se ha pasado multitud de veces ofrece cada día nuevas perspectivas, detalles insospechados, colores diferentes y, sobre todo, otras personas que como el propio caminante, invierten su tiempo en disfrutar de esas mismas cosas y no dudan ni un momento en devolver el saludo que reciben de un desconocido.