Mira que nos acechan todavía

Defiende Ian Gibson que fue el más hondo amor de Federico García Lorca. Apunta Modesto Higueras que le gustaban las mujeres “más que chuparse los dedos”pero que vivía “inmerso en Lorca”. Sostiene mi amigo Petón que jugó  de centrocampista en los juveniles del Atlético de Madrid sumando a su hinchada al poeta por esos prodigios del afecto y de la teoría de conjuntos.

 Afirma García Lorca… cielo santo, lo que afirma García Lorca supone una de las cotas de la literatura española. Los “sonetos del amor oscuro” son el fermento de una pasión consonante, el rastro de una manada de confidencias, el himno del acaso y del sin embargo: “llora sin verte su melancolía”.

Su nombre era Rafael Rodríguez Rapún, combinaba –qué fiera- los estudios de Minas y de Derecho, y conoció a Federico bajo la rueda y la máscara de La Barraca. Juntos recorrieron los caminos de España en el propósito de brindar las obras de los clásicos en el ágora desnuda de las aldeas: “un público con camisa de esparto frente a Hamlet, frente a las obras de Esquilo, frente a todo lo grande”. Federico dirigía e inundaba de su genio la Compañía, Rafael ejercía como secretario y afilaba su sensibilidad junto a hombres de talento e ideología dispar como Eduardo Ródenas, Germán Bleiberg, o Luis Felipe Vivanco. Nacía así entre ambos la amistad, la complicidad, y en todas sus acepciones la camaradería.

Vivieron juntos la abundancia y la estrechez, el estruendo y la calma. Y les sobrevino la Guerra Civil, ese amasijo de venganzas.  Y murieron, “noche del alma para siempre oscura”, el uno ante un paredón y el otro bajo un granizo de metralla. “Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?”, dicen que dijo Rapún.

Semejante encuentro inspira al joven dramaturgo Alberto Conejero la pieza que bajo el título “La piedra oscura” regresa en estos días a la cartelera madrileña. Aforo completo semanas antes de cada función y ovaciones cerradas a continuación de todas ellas reiteran las virtudes de una obra que desbancó en los recientes premios Max a las también sobresalientes “Rejkyavik” de Javier Mayorga y “El Rinoceronte” de Eugène Ionescu.

“La piedra oscura” no pretende ser un ejercicio de reconstrucción histórica, ni siquiera un mero testimonio del poderoso vínculo entre García Lorca y Rodríguez Rapún. El autor propone un discurso verdaderamente humanista, en el que la lealtad y la palabra van acercando hasta el abrazo a dos contendientes sin vocación de serlo.

Rafael, que en efecto fue miliciano y apagó su aliento en el Hospital Militar de Santander, descubre que su agonía es velada por un joven recluta del bando enemigo. Éste se resiste a conversar con el cautivo, quien en un monólogo que a tientas desemboca en diálogo revela su identidad y su anhelo: él es el amante de Federico, y la culpa que le carcome al no haber impedido el viaje fatal de éste a Granada sólo puede mitigarse si su guardián se presta a recuperar –tal y como el poeta había encomendado a su amado- los escritos que aún huérfanos de imprenta aguardan en un piso de Madrid: “no quiero morir con ese secreto pesándome en el corazón”.

La porfiada insistencia del cautivo da pie a un texto hermoso, encendido, en el que se va forjando una amistad de sorbo implacablemente efímero. Daniel Grao y Nacho Sánchez, magníficos, encarnan respectivamente a un Rapún al cabo estoico en el remate de su biografía (“Diles que he sido feliz, que no desperdicié la vida”) y a un Sebastián que rezuma duda y después inocencia y después bondad (“Hasta que me encontraron y me dieron agua y este uniforme y este fúsil”). Dos soldados sin oficio, dos espíritus sensibles incitados a la destrucción mutua, dos fragmentos de un país en perpetuo romance de lobos.

Pablo Messiez dirige con sobriedad “La piedra oscura”. La trama transcurre en un único acto y en un único espacio, una celda en la que Rafael yace entre sangre y jirones y el soldado que le custodia deambula nerviosamente a sus pies. Ambos reciben al público en posición inerte y a telón alzado, con el bramido incensante del mar Cantábrico. Al fondo del escenario se levanta una arquitectura de muros opacos que sólo parecen desmoranarse –como la hostilidad entre los dos hombres- cuando el soldado pronuncia su nombre:   “me llamo Sebastián”.

“Pero sigue durmiendo, vida mía,

oye mi sangre rota en los violines,

mira que nos acechan todavía.”

(Sonetos del Amor oscuro)