Futuro imperfecto

Futuro imperfecto
 

Porque aún madrugaba la revolución tecnológica, porque le correspondió coincidir con utopías mucho más ligeras, porque costaba soportar que el tipo que fue Han y que fue Indiana resultara vapuleado tantas veces, la irrupción de “Blade Runner” allá por 1982 basculó entre el rechazo y la indiferencia. Los estudios intentaron reaccionar y hasta modificaron el montaje inicial agregándole tanto una voz en off que hiciera más inteligible la trama como una secuencia final que licuara tanta penumbra. El éxito aún tardaría en llegar pero aunque tardío se quedó para siempre, invistiendo a “Blade Runner” de un aura de fascinación que pocas veces se ha repetido en la historia del cine.

Yo recuerdo haberla visto en su estreno pero apenas tenía trece años y supongo que estaba más preocupado por nuestra debacle en el Mundial de fútbol. Pero unos veinte años después me topé con ella y a su conclusión sentí la mordedura de la devoción y el asombro. A partir de entonces busqué sus sucesivos montajes, la vi decenas de veces, compré todos los libros que encontré, me sumé a todos los debates.

Un caudal de perfección anima las secuencias, el guion, las interpretaciones, la banda sonora de “Blade Runner”. Ridley Scott se reveló capaz de anticiparse al porvenir y dibujó un mundo desolado por algunas hecatombes que no era necesario mencionar. La superpoblación, el mestizaje cultural, la adicción a la tecnología, el cambio climático, brotaban proféticamente en una obra que conjugaba la ciencia ficción y el cine negro, y que rebajaba su catastrofismo con un portentoso barniz de poesía. La fricción entre unos seres humanos apáticos y una raza de androides –replicantes- en pos del sentido de la existencia invertía las necesidades anímicas de unos y otros y deslizaba la trama por los nada habituales peraltes de la religión y la metafísica. “Lástima que ella no pueda vivir. Pero, ¿quién vive?”.

Única en su género o en su cruce de géneros, la idea de elaborar otra película con tales condimentos resultaría demasiado audaz. La única posibilidad –tal vez alguien elucubró- sería permanecer en el firmamento de “Blade Runner”: prolongar sus interrogantes, empaparse de futuro gracias a recursos mucho más sofisticados que los de treinta años atrás, esclarecer algunas de las ambigüedades que acompañaban a la fuga de Deckard y Rachel.

Así pudo nacer “Blade Runner 2049”: inesperadamente esperada, innecesariamente necesaria. Esta vez bajo la dirección de Dennis Villeneuve, cadencioso y metódico director a quien ya vimos en trajines de ciencia ficción en la muy interesante “La llegada”.

Apenas unas horas después de su estreno, las críticas resultan de signo muy opuesto. Mi impresión es que “Blade Runner 2049” no ha de considerarse una continuación de la obra maestra de 1982, sino de una nueva recreación del universo compuesto por Ridley Scott y su talentoso equipo. Treinta años después Los Angeles sigue siendo un lugar inhóspito y sin vestigio de vegetación, los blade runner se baten en aniquilar –“retirar”- los modelos más antiguos, los replicantes esculpen pese a su condición artificial una conciencia parahumana que les lleva al anhelo de perpetuarse como individuos pero también - merced al insólito acontecimiento que se narrará- como especie.

Deslumbra naturalmente la construcción de espacios. La atmósfera lóbrega y lluviosa de Los Angeles, el desierto anaranjado de Las Vegas, algunos interiores como un orfanato de penuria dickensiana o un café por el que campean en estampa holográfica algunos iconos del siglo pasado. Y también hay un romance inaudito, y un origami misterioso, y de nuevo nos emocionamos al encontrarnos con el detective Deckard que ahora bebe whisky escocés en lugar de mejunjes orientales.

Tantos aspectos pero tan pocos en común. “Blade Runner 2049” se antoja excesiva en el metraje e irregular en los aspectos narrativos. Descuida la presencia del villano Leto y multiplica los planos de un Gosling más bien escaso de expresividad. Insiste en algunas ideas y posterga otras igualmente atractivas, exhibe una nueva gama de replicantes desprovista de la fuerza seductora de la generación de Nexus que aterrizó hace treinta años. Definitivamente, irremediablemente, “Blade Runner 2049” no se aproxima ni al alcance filosófico ni al dadivoso lirismo de su predecesora.

Si “Blade Runner” representa una de las obras más imitadas de todos los tiempos, su secuela desmenuza conflictos y escenarios ya planteados en otras películas de corte futurista como “Her”, “Hijos de los hombres”, o “Minority Report”. Se convierte así “Blade Runner 2049” a imagen de sus personajes en una obra replicante, me temo que también con vida finita y una abisal turbación en busca de su personalísima identidad. Por supuesto, pese a su poderosa propuesta visual: “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”.