José Romero

El desierto del honor

El desierto del honor

El calor es infernal.  El Sol, en lo alto del cielo calienta a los hombres que temerariamente han osado adentrarse en aquellas terribles tierras. La temperatura alcanza los cuarenta y cinco grados por el día y por la noche el frio congela a los caminantes a menos diez bajo cero.

El desierto es ancho, interminable y los soldados caminan divididos en cuatro grupos. De vez en cuando, alguno muere. También de vez en cuando, tropiezan con algún cadáver, restos mortales de la expedición de Almagro.

En total son ciento cincuenta y tres hombres y dos clérigos, al mando de Don Pedro de Valdivia, obstinado capitán de la tropa. Obstinado porque se ha empeñado en una empresa en la que otros han fracasado. Nadie se atreve a adentrarse en las tierras de lo que posteriormente será un país llamado Chile.

Llevan dos meses de marcha, buscando desesperadamente agua como si fuera oro, pero el jueves veintiséis de Octubre de 1540, llegan a un valle con un riachuelo, llamado Copiacó. Pero al entrar en el lugar, se encuentran con una sorpresa: unos ocho mil indígenas de la etnia Diaguita les esperan. Sin embargo, los españoles les derrotan con facilidad. Valdivia, venido arriba, declara que todo el territorio es posesión del Rey de España y le nombra Nueva Extremadura. Alzando el pendón morado de Castilla.

Tras renovar la marcha hacia el Sur, llegan a una isla entre dos brazos del rio Mapocho. En un peñón llamado Huelen “piedra del dolor”; decide fundar una ciudad. Con el paso del tiempo será llamada Santiago de Chile.

Posteriormente, la ciudad será destruida por la guerra que los caciques indios declaran a los españoles, que sin embargo continúan expandiéndose en busca de unas supuestas minas de oro. Por supuesto que sufrió las penurias de la envidia de otros españoles que hicieron lo posible por encarcelarle, con acusaciones peregrinas. Pero Valdivia logra continuar y funda más ciudades.

El veintitrés de Diciembre de 1553, parte con su tropa hacia el fuerte de Tucapel, en el que cree que hay tropas españolas, pero cuando llega el día de Navidad, se encuentran el fuerte destruido  y la guarnición muerta. Pronto reciben una primera carga de los indios Mapuche. Ante la sorpresa del ataque, apenas pueden disponer las líneas pero logran rechazar al enemigo. Pero pronto aparece otro escuadrón indígena. Y luego otro. La situación es desesperada. Valdivia reúne a los pocos hombres que le quedan y les pregunta:

-Caballeros ¿Qué hacemos?

El Capitán Altamirano, uno de sus oficiales, responde:

-¡Que quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!

Esta es la clase de hombres que conquistó el nuevo mundo; sin miedo, decididos a luchar y morir por lo que ellos creían una empresa justa ¡Ya no quedan españoles como aquellos!

Hecho prisionero por el cacique Lautaró-que había sido paje de Valdivia-, fue torturado hasta morir. Le fueron amputando trozos de carne con conchas afiladas y después de asarlos se los comieron delante de sus ojos, en un grotesco acto de canibalismo. Finalmente le sacaron en vida el corazón y se lo comieron, Su cráneo fue utilizado como recipiente para beber chicha.

Valdivia fundó cinco ciudades y puso los cimientos para ese gran país que hoy en día es Chile.

Su sacrificio no fue en vano. Por supuesto que fue una conquista que causó muertos entre la población autóctona, eso suele ocurrir cuando se coloniza un país. Pero en la mente de aquellos hombres no existían remordimientos, puesto que su mentalidad no era la de un hombre del siglo XXI. No se les puede negar el valor, la gallardía y unos huevos como melones de gordos.

Así éramos antes. Ojala mantuviéramos algunos de esos valores entre tanto botellón y tanta gilipollez.