MUSEO DIOCESANO DE JACA

La extraña cabeza de Jaca

Durante siglos permaneció escondida tras el rostro de Cristo en la iglesia de un pueblo abandonado de Huesca. Fue realizada por un pintor medieval que se adelantó al cubismo. Nadie sabe porqué aquel artista anónimo la dibujó así y luego la ocultó. Hoy puede contemplarse en el museo de la Catedral de Jaca. 

La extraña cabeza de Jaca

¿Fue realmente un error? ¿Fue obra de un pintor del Románico adelantado a su época?  ¿Fue un viajero en el tiempo quien pintó un rostro cubista de Cristo en plena Edad Media? Nunca lo sabremos. En lo que sí coinciden los especialistas es en que la misteriosa cabeza del Pantocrátor de Ruesta (pueblo hoy abandonado de la provincia de Huesca) podría haber sido dibujada por un artista moderno.

Hace medio siglo, allá por la década de los sesenta, se realizaron una serie de descubrimientos sorprendentes en el Pirineo Aragonés. En el interior de varias iglesias y ermitas permanecían ocultas o en grave riesgo de desaparición decenas de pinturas medievales realizadas a partir del siglo XI. Por entonces se tomó la acertada decisión de salvaguardarlas y garantizar la conservación de estos valiosísimos testimonios culturales procediendo a traspasarlas a lienzos. Para ello, se utilizó una técnica muy compleja a través de la cual se saca la pintura de la pared pegada en una tela y luego, como si de una calcomanía se tratara, se plasma en el lienzo. 

Entre esas pinturas se encontraban las del ábside de la iglesia de San Juan de Maltray de Ruesta. Cuando se arrancó el conjunto pictórico donde había estado el Pantocrátor pintado como se describe en el capítulo cuarto del libro del Apocalipsis, con el hijo de Dios sentado en su trono donde juzga a vivos y muertos, se observó la existencia de otra pintura tras el rostro de Cristo. La sorpresa fue mayúscula, pues, una vez limpiado el estuco que había sostenido la cabeza contemplada durante siglos, apareció una segunda cabeza cuyos extraordinarios rasgos pareciera haber sido pintados por un artista de nuestro tiempo.   

Se desconoce el motivo por el que aquel maestro del medievo dibujó aquella primera cara para el Pantocrátor. ¿Fue un error? Lo que sí sabemos es que esa cabeza, por iniciativa de su autor o mandato de quien encargó la obra, se desechó. Permaneciendo oculta a lo largo de los siglos hasta que las obras de recuperación la sacaron a la luz. De esta forma, hoy podemos volver a contemplarla, con sus negros, ocres y bermellones, su expresividad y la fuerza de su mirada, tal y como la ideó entonces un anónimo artista del Románico que quiso dibujarla como lo haría un pintor vanguardista mil años después.   

Estas pinturas murales están, en efecto, repletas de sorpresas. En otras obras también existen figuras con ojos, rostros, bocas,… que resulta difícil creer que se pintaran en el siglo XII y no en el XX. Uno de esos casos es el rostro de Malco de las pinturas de Bagüés, que es representado con la mandíbula desencajada porque San Pedro le está cortando la oreja y parece dar un grito desgarrado que saliera de lo más profundo de su alma. La inexpresividad del Románico queda aquí rota con un rostro que presenta un inquietante paralelismo con los vivientes aterrorizados del Guernica de Picasso, lo que nos da una idea de la formidable modernidad de estos maestros del medievo. 

La temporada de esquí en los pirineos aragoneses puede ser una buena excusa para dejarnos caer por Jaca, admirar la misteriosa cabeza de Ruesta y, al tiempo, una de las muestras más importantes del mundo de pintura mural del medievo que se conserva en su Museo Diocesano. En sus salas podremos percatarnos de que la Edad Media no fue una etapa sombría para sus artistas, ni oscuras fueron las iglesias que decoraron, como se pensó durante mucho tiempo. De hecho, no se daba por terminada ninguna hasta que ábsides, bóvedas o muros eran completamente recubiertos con sus correspondientes escenas a todo color, donde la gente podía “leer” en imágenes la historia sagrada.

En Jaca es posible ver las obras rescatadas de aquellos excepcionales “grafiteros” del  medievo, procedentes de pueblos como Susín, Navasa, Osia, Urriés o Ipas. Aunque sin duda, lo más espectacular es la llamada Sala Bagüés que reproduce con sus pinturas originales, en forma, disposición y tamaño, la iglesia románica que existe en el pueblo de mismo nombre. Una auténtica joya del Románico donde permitirnos el lujo de viajar a la Edad Media.