Nuestra Rambla

Los vecinos cercanos a la Rambla han sido convocados estos días a pronunciarse sobre su uso. Como, por su carácter vivo y plural representa –mejor quizá que ningún monumento o edificio,  incluyendo algunos de ellos- el carácter de todo nuestro pueblo, quisiera hacer una reflexión al respecto.

La esperanzadora Transición vio reaparecer ahí una serie de puntos en que ciudadanos preocupados por el bien común ofrecían sus alternativas para mejorar el país o, al menos, una parcela del mismo, como las ONG.

Esa libertad de expresión duró bastante poco, porque la autoridad imperante creyó más seguro sustituirlos por mimos y payasos con los que distraer al pueblo de sus verdaderos problemas, burdo truco que están también en Madrid en la Puerta del Sol. Hoy sólo quedan en la Rambla la Oficina de Turismo y los kioscos de prensa tradicional.

Cierto que estos son malos tiempos para la libertad, cuando se pretende reprimir hasta las manifestaciones legales, aplicándoles, no digo ya la ley marcial, sino la aún en parte peor ley antiterrorista. Pero, quizá por eso mismo, habría que hacer un esfuerzo para recuperar nuestra Rambla uno de nuestros derechos fundamentales, antes que, con él perdamos también otros.

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