Filipinas: el año del tifón

En una catástrofe como la que ha asolado Filipinas, por lo general, tras la muerte llega otra forma de morir en vida. Las zonas afectadas por el desastre viven una situación de hambre atroz y se quejan de que ven en los informativos imágenes de ayuda humanitaria, que a ellos no les llega: "Comemos pienso para cerdos"

Destrucción, hambre y desesperación extrema. Esta es la situación a la que se enfrentan cada día las familias supervivientes a la furia de ‘Yolanda’, uno de los tifones más fuertes en la historia de Filipinas. Seis horas de intensas lluvias y ráfagas de viento de más de 250 kilómetros por hora que transformaron el paisaje de islas como Samar y Leyte. En éstas ahora reina la devastación más absoluta. Y con ello, miles de muertos y decenas de heridos y desaparecidos. El desorden y el caos aumentan por segundos a la espera de una mediática ayuda humanitaria que no acaba de llegar a las bocas de los que lo han perdido todo.

“No tenemos casas, no nos queda nada, pero hemos tenido mucha suerte de no resultar heridos. No está llegando ningún tipo de ayuda. Los esfuerzos del Gobierno para asistir a los afectados están pasando por alto a los pueblos pequeños y las autoridades locales no están haciendo nada. Nos estamos alimentando de la comida que era para los cerdos”, comenta Delma Bacani, una residente del Barangay Maputi, en Sumaraga, isla de Samar, quien insiste encarecidamente en que escriba por completo el nombre de su pueblo para que no caiga en el olvido y rechaza relatar las horas de angustia y aquello que vio mientras el tifón lo arrasaba todo.

No hay electricidad y sólo hay varios momentos al día en los cuales podemos hacer llamadas con los móviles

La familia de Erwina Planillo vive en Santa Fe, Leyte, una de las islas de la región de Visayas más devastadas por la fuerza del tifón ‘Yolanda’. Desde Manila, Erwina intenta hablar cada día con sus parientes. “Me cuentan que lo que más necesitan es comida porque no queda. Tampoco tienen ningún sitio donde poder comprarla. No hay electricidad y sólo hay varios momentos al día en los cuales podemos hacer llamadas con los teléfonos móviles. No pueden irse de allí porque no tienen ningún sitio al que ir aunque sí que hay opciones de salir”, argumenta esta mujer filipina quien además añade que su familia disponía de algo de cosecha propia pero que se están quedando sin comida. “Están muy furiosos porque los medios de comunicación muestran muchas imágenes de alimentos y provisiones pero no está llegando nada hasta ellos”, concluye Erwina.

Familias como la de Delma y Erwina han sobrevivido a una catástrofe natural de una imponente magnitud. Otras se han visto reducidas a la mitad o incluso han desaparecido por completo. Hay incluso familias que se mantienen en vilo al desconocer el paradero de sus seres queridos. Este es el caso de la familia de una joven que no quiere revelar su identidad y es reacia a hablar sobre este tema. Cuenta en voz baja y con los ojos muy tristes que el padre de su novio estaba por motivos de trabajo en Tacloban, denominada ahora la ‘zona cero’ de Filipinas. Desde que ‘Yolanda’ irrumpió en esta tranquila ciudad costera no han vuelto a saber nada de él. Han probado a buscarle a través de localizadores en páginas web y por fuentes militares pero casi una semana después de esta tragedia no saben nada y aunque mantienen la esperanza, son conscientes de la gravedad e impacto que este fenómeno meteorológico tuvo en Tacloban. 

“Las carreteras están restablecidas”

Desde la capital de Filipinas, Manila, se tarda más de 24 horas en llegar a la isla de Leyte. Este país asiático está compuesto por 7.107 islas y eso hace que los aproximadamente 600 kilómetros que separan la capital filipina de Leyte, se conviertan en horas y horas de coche y ferry. Esto también afecta a los envíos de ayuda desde la ciudad más desarrollada del país, los cuales no se han podido realizar por vía aérea dado que su aeropuerto, de uso militar, ha estado inservible. “Lo primero que hay que hacer es restaurar los servicios: comunicación, salud, seguridad, electricidad, agua y transporte. Ahora mismo, el 40% de las comunicaciones han sido restablecidas. En cuanto a la electricidad, es un poco difícil porque el 95% de las infraestructuras están dañadas y hará falta como mínimo dos meses para su completa reparación. El agua también es un problema. Esto está afectando tanto a la salud como a la higiene de las personas. La prioridad ahora para el Departamento de Salud es la recuperación de los cuerpos para llevarlos al sitio adecuado. Las carreteras están restablecidas y las conexiones por barco entre Sorgoson y Cebú están operativas, aunque se espera que un montón de pasajeros luchen por un hueco en ellos”, apunta un jefe de policía filipino que ha querido preservar su identidad y quien además ha puntualizado que se están proporcionando servicios de escolta en las rutas de camiones y ferris con alimentos y ayuda para evitar los pillajes, los robos y el desorden.

Yo fui un saqueador. Yo robé medicinas para Cruz Roja y leche y comida para los niños

Las redes sociales se han convertido en una herramienta de divulgación de información de primera mano, de fotografías y, al mismo tiempo, de denuncia social. Fragmentos como el siguiente se repiten en perfiles filipinos y buscan contar una realidad que consideran que no aparece en los medios de comunicación. “Pon los pies en la tierra. No juzgues tan rápido a los saqueadores. Yo fui un saqueador. Yo robé medicinas para Cruz Roja y leche y comida para los niños. Anduve cuatro horas buscando algo que beber. Aquellos considerados como ex convictos me ofrecieron algo de comida y casi todo el tiempo están dispuestos a tenderte una mano cuando les dices que realmente necesitas ‘algo’. Lo que no se muestra en las noticas es cómo esta gente se ayuda mutuamente entre tanta catástrofe”.

La isla de Cebú fue otro de los sitios en los que se pudo sentir a ‘Yolanda’ de una manera notable. “La intensa lluvia y las fuertes rachas de viento azotaron mi zona en el municipio de Barili durante un día entero. Cuando empezó a llover se cortó la electricidad y no volvió hasta un día y medio después. Estaba ansioso y lamentaba haber olvidado reponer las pilas de mi vieja radio y comprar velas. Intenté dormir cuando anocheció. Dios escuchó mis rezos y afortunadamente no hubo demasiados daños en mi área. Creo que nadie puede prepararse para la intensidad de este tipo de tifones. La única opción es apartarse de su camino lo máximo posible. Las comunicaciones y la electricidad aquí en Cebú volvieron a la normalidad un día después del golpe del tifón pero aún no he podido contactar con mi primo Tito Alerre que vive en Abuyog, Tacloban”, cuenta Agustín López Maramara, un granjero que sufrió los efectos del tifón.

Mientras la gente espera las ayudas e intenta pasar página y empezar una vida nueva, el presidente de Filipinas, Benigno Aquino, se dirigía recientemente sus compatriotas en una intervención televisada para anunciar la declaración de estado de calamidad nacional pocos días después de que el ‘Yolanda’ irrumpiera violentamente. “La cooperación y el rezo ayudarán a la nación a levantarse de este desastre. Mostremos el corazón filipino que nunca se arrodilla ante ningún tifón”, concluyó el dirigente.