DESASTRE NACIONAL

Anton Geesink, el Hércules holandés que humilló a Japón

En los Juegos Olímpicos de Tokio '64 el gigante Anton Geesnik venció en judo, deporte nacional de Japón, al ídolo nipón Kaminaga. El “país del sol naciente” vivió aquella derrota como una deshonra

Anton Geesink, el Hércules holandés que humilló a Japón

Los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 fueron los primeros juegos televisados en color y transmitidos en directo, vía satélite, para Norteamérica y Europa. Igualmente, fue la primera vez que se utilizó la cámara lenta y las computadoras hicieron su aparición para registrar, con exactitud matemática, los tiempos empleados por los atletas en las competiciones.

Asimismo, se incluyó por vez primera el judo, deporte nacional de Japón, como disciplina olímpica. En aquel tiempo el judo era mucho más que un deporte en el país asiático, casi una religión. El gobierno japonés no escatimó en gastos y construyó un espléndido pabellón cubierto en el centro de Tokio para albergar la competición. Bajo la tutela de Estados Unidos, Japón había conseguido reconstruirse tras la guerra, evolucionar socialmente, consolidar su milagro económico y ponerse a la vanguardia de la tecnología.

Las instalaciones olímpicas debían ser una muestra de ese renacimiento y el Nippon Budokán (Edificio de Artes Marciales de Japón), con capacidad para más de 14.000 espectadores, el escenario donde los judocas nipones mostraran al mundo su incuestionable superioridad en dicho deporte. Ganar los cuatro oros en liza del judo era una cuestión de Estado. El primer ministro, Eisaku Sato, había declarado que Japón tenía que ganar en judo “a cualquier precio”.  

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En el transcurso de las diversas pruebas, los judocas japoneses fueron cumpliendo el objetivo marcado. Takehide Nakatani, en peso ligero, Isao Okano, en peso medio, e Isao Inokuma, en peso pesado, consiguieron el oro olímpico. Solo quedaba por celebrarse la final de Open. Para disputar la máxima categoría del judo el equipo nipón había seleccionado a uno de sus ídolos en este deporte, Akio Kaminaga. Pero un gigante holandés llamado Anton Geesink, con 1,98 de estatura y 112 kilos de peso, se cruzaría dramáticamente en su camino hacia la gloria.  

A pesar de que Akio Kaminaga, con 107 kilos, había perdido anteriormente contra el holandés en la final del Campeonato del Mundo, fue elegido en detrimento de su compañero Isao Inokuma, que obtuvo el oro en la categoría de más de 80 kilos. Por otro lado, Geesink conocía muy bien a los luchadores nipones, pues había pasado mucho tiempo en el “país del sol naciente” aprendiendo las artes del judo.

El combate entre Kaminaga y Geesink duró 9 minutos y 33 segundos. Geesink atacó en aquella final a Kaminaga en lucha en el suelo, donde era más vulnerable. El holandés empleó una técnica de kesa-gatame. Kaminaga quedó entonces inmovilizado durante 30 segundos fatales bajo la hercúlea figura de Geesink. Durante aquellos interminables segundos, en los que Kaminaga quedó bloqueado por su oponente, el público del Budokán permaneció en un silencio sobrecogedor. Tras la derrota, las miles de personas que abarrotaban el pabellón se pusieron en pie unos minutos y aplaudieron al vencedor. Luego volvieron a enmudecer. 

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El equipo japonés lloraba, la tragedia se había consumado. Anton Geesink no permitió que ningún compañero saltara al tatami para felicitarle por el triunfo, como signo de respeto hacia los nipones. El holandés sabía que había humillado a un país entero con su victoria. Se dice que hubo suicidios por la deshonra sufrida. Lo cierto es que Geesink fue siempre venerado en Japón por aquella victoria que dio la vuelta al mundo y contribuyó a la expansión del judo. Por su parte, Kaminaga fue expulsado del equipo japonés durante un tiempo. Un año antes de fallecer, estuvo en España como técnico del equipo nipón durante las Olimpiadas de Barcelona '92.