MUSEO DE CIENCIAS

Dippy, el dinosaurio que llegó del Far West

Hace un siglo llegó el colosal Diplodocus desde las planicies de Wyoming. Con sus 25 metros de longitud sigue sobrecogiendo como la primera vez que se exhibió. Una exposición celebra su aniversario hasta enero de 2015.

Diplodocus.
Diplodocus.
Dippy, el dinosaurio que llegó del Far West

Dippy, cariñoso apelativo con el que se conoce en todo el mundo al Diplodocus carnegii del Museo Nacional de Ciencias Naturales, nos saluda desde hace cien años con su pequeña cabeza, para tan descomunal cuerpo, y la inquietante sonrisa que conforma su mandíbula. Cuando se expuso al público por primera vez, a finales de 1913, fue un acontecimiento social sin precedentes.

Una exposición rememora su llegada al Museo, donde podemos observar su magnífica osamenta e imaginar cuán formidable debió ser este animal. Junto a Dippy, algo encajonados, encontramos otros saurios y animales de tiempos inmemoriales que aún producen pavor, aunque hoy sólo sean esqueletos fosilizados.

Así, tendremos la posibilidad de ver a un Smilodon fatalis de dientes de sable, las impresionantes fauces de un Torvosaurus o un Carnotaurus, parecidos al renombrado Tyrannosaurus cuyo descomunal cráneo también se muestra junto al de un Triceratops. Están presentes también un Mamut, el Megatherium americanum (un gigantesco perezoso) o un Camarasaurus, otro dinosaurio hervíboro como Dippy, que hace 150 millones de años eran las mayores criaturas que transitaban imperturbables sobre el planeta.    

De hecho, el Diplodocus causó tal efecto en quienes lo contemplaban, con su larguísimo cuello y su inacabable cola, que fue calificado de “monstruo antediluviano”. Asimismo, había quien pensaba que un animal tan poderoso debía seguir existiendo, con sus 25 metros de largo, en algún remoto lugar sin descubrir.

Sin embargo, los 300 huesos de Dippy no son auténticos. En realidad, son una réplica en yeso del Diplodocus original que fue encontrado en las llanuras de Wyoming. El genuino se encuentra en el Carnegie Museum of Natural History de Pittsburgh. La reproducción llegó hasta nosotros gracias a la generosidad de Andrew Carnegie, un excéntrico millonario norteamericano de origen escocés que se hizo rico con el negocio del acero y el petróleo. Luego se convirtió en filántropo. Según reza su epitafio, Carnegie achacó su éxito a que “fue capaz de rodearse de hombres mucho más inteligentes que él”. Conocido sobre todo por el célebre Carnegie Hall de Nueva York, fundó una Universidad, construyó numerosas bibliotecas y donó 350 millones de dólares a entidades científicas y culturales.

En el siglo XIX, el anhelo por encontrar uno de estos dinosaurios era desmedido. En Estados Unidos se declaró una “guerra de los huesos” sin cuartel entre dos científicos, Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh. Igualmente, Carnegie estaba fascinado por la paleontología (en la actualidad el Museo que lleva su nombre alberga 22 millones de fósiles). Por ello, cuando en 1898 leyó en el New York Journal and Advertiser que “el animal más colosal de la Tierra había sido hallado en el Oeste”, quiso hacerse con él. Pero el dinosaurio de la noticia pertenecía a la Universidad de Wyoming y no pudo adquirirlo. De esta forma, William Holland, director del Museo Carnegie, hubo de emprender su propia expedición al Far West en busca de dinosaurios. El caso es que tuvo suerte, porque a partir del 4 de julio de 1899 dieron con dos esqueletos en Sheep Creek (Wyoming). Uno entero y piezas de otro. Con todos los huesos pudieron completar un Diplodocus y compusieron a Dippy, al que apellidaron como su mecenas.

En 1902, Eduardo VII de Inglaterra pidió a Carnegie que consiguiera un Diplodocus para el British Museum. Pero el millonario, consciente de que los dinosaurios no aparecen como las setas, pensó en regalar a los británicos una réplica, idea que fue muy bien acogida. En mayo de 1905, ante una gran multitud, la copia fue exhibida en Londres. Numerosos países se apresuraron entonces a solicitar copias de Dippy. Carnegie, de natural altruista, regaló varias réplicas a Jefes de Estado de Europa y América.

La réplica que Carnegie regaló a Alfonso XIII supuso buscar una sala donde exponer al Diplodocus en toda su longitud, sin tener que agachar su cuello o doblar la cola. Para este fin, se eligió el gran salón del Palacio de las Artes y la Industria.

Embalado en 34 cajas que pesaban más de 4.000 kilos, Dippy embarcó en el vapor transatlántico Montserrat que a principios de septiembre de 1913 se hizo a la mar en Nueva York. Una vez montado, tras su llegada a Madrid en tren desde el puerto de Barcelona, fue expuesto al público el 29 de noviembre. La inauguración oficial fue el 2 de diciembre. Contó con la asistencia de la reina María Cristina y la Infanta Beatriz que, como mandan los cánones, se fotografiaron con la excepcional criatura. Dippy fue utilizado políticamente por algunos como emblema de estabilidad política, de grandeza o fortaleza económica. Otros, con más sorna, escribían refiriéndose a los conservadores: “Pero qué grandes animales son los antediluvianos”.

De esta forma, el planeta se llenó nuevamente de Dippys que pueden admirarse en diversos museos del mundo. Casi como cuando la Tierra era joven y estos imponentes animales señoreaban sobre ella.