EXPOSICIÓN

La travesía sin fin de la fragata Mercedes

Una exposición muestra hasta el 30 de noviembre los tesoros de la Mercedes. Hundida en tiempo de paz hace 200 años y expoliada por los cazatesoros de Odyssey en 2007, navega de nuevo entre dos museos

La travesía sin fin de la fragata Mercedes

El 9 de agosto de 1804 se hizo a la mar en Montevideo, procedente del puerto del Callao de Lima, la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. El navío puso rumbo a costas españolas con más de 300 personas a bordo, 38 cañones y una remesa de medio millón de monedas de plata y oro de la ceca del Perú que debía llegar a la Hacienda Real de Carlos IV. Junto a los otros tres barcos que le acompañaban en su travesía, navegaba con cierta tranquilidad aprovechando una ventana de paz con Inglaterra abierta en aquel momento. Quienes caminaban por su cubierta nunca pudieron imaginar que aquella larga singladura no finalizaría hasta 200 años después entre salas de tribunales y museos.

Unas semanas más tarde, a las 8 de la mañana del 5 de octubre, la escuadra fue atacada por fragatas inglesas a un día de alcanzar la bahía de Cádiz. En un principio, los ingleses tan sólo querían capturar los cuatro barcos y llevárselos con todas sus riquezas a puerto británico. Pero en el combate explotó la santabárbara de la Mercedes y murieron 265 personas. Entre ellas la esposa y siete hijos del segundo al mando de la escuadra Diego de Alvear. Los navíos supervivientes fueron conducidos con sus tripulaciones a Inglaterra.

La fragata quedó hundida a 1.100 metros de profundidad hasta que la empresa cazatesoros Odyssey localizó, profanó el cementerio marino donde descansaban sus restos y expolió su cargamento en 2007. De esta forma, la Mercedes tuvo que librar su última batalla en los juzgados de la ciudad norteamericana de Tampa.

La exposición El último viaje de la fragata Mercedes, que puede verse en el Museo Naval y en el flamante Museo Arqueológico Nacional hasta el 30 de noviembre, cuenta la historia de este barco en misión de Estado, la de sus pasajeros, sus mercancías, sus enseres, etc., tanto desde la óptica militar como de la arqueología submarina. Está previsto que la exposición se convierta en itinerante para visitar diversas ciudades.

Una exposición, dos sedes y un mismo relato en las voces de los jefes de escuadra José de Bustamante y Diego de Alvear, el comandante inglés Graham Moore y el poeta Tomas de Iriarte que con apenas diez años contempló la violenta escaramuza.

Lo más llamativo de esta muestra quizá sean las monedas que eran el objetivo de Odyssey. Las de oro, de 8 escudos, hubieran alcanzado un alto precio en el mercado numismático. En una enorme vitrina se amontonan 30.144 reales de a 8 acuñadas en plata, el dólar de la época, y 146 monedas de oro. Por otro lado,  en diversos acuarios se reproduce cómo se encontraban las sacas de monedas en los cajones rotos posados sobre el suelo marino.

Pero la exposición guarda otros atractivos. Audiovisuales que describen la batalla, escenografías, infografías, efectos de mapping, de iluminación, interactivos y de realidad aumentada. Dos maquetas reclaman nuestra atención. En una, la del Naval, descubrimos el esqueleto de la fragata. Para su elaboración se ha llevado a cabo una minuciosa investigación  histórica ya que no existían planos. En su realización se ha seguido un proceso artesanal imitando los trabajos de un astillero del siglo XVIII y se ha utilizado la misma madera con la que se construyó el barco en La Habana en 1786. En la otra maqueta a gran escala, la del Arqueológico, es posible admirar todo el esplendor de este tipo de barcos “muy marineros”, los fórmula 1 de los mares, que situaron a España en primera fila de la ingeniería naval en tiempo de la Ilustración.

Muchas son las cosas que revela esta exposición para comprender lo que sucedió aquella fría y dura mañana de octubre. Una escenificación del camarote del comandante de la Mercedes, José Goicoa, mientras atisba cómo se viene encima la flota inglesa nos pone en situación. Sobre su mesa una caja de compases para trazar rumbos, un reloj de longitudes, un cronometro marino, un sextante y, por supuesto, el correspondiente catalejo.

También contamos con una recreación de la cubierta con un cañón del 12 que impone. Asimismo, toparemos con el cartel de reclutamiento en el que Lord Cochrane, el lobo de los mares, llamaba a enrolarse para capturar barcos españoles con tesoros americanos. Igualmente, puede ojearse un ejemplar de The Star de Londres donde se da noticia del ataque que fue muy criticado por haberse efectuado en tiempo de paz, motivo por el cual Inglaterra se vio obligada a indemnizar a las familias de las víctimas.

Una de las cuestiones más relevantes de la batalla legal que hubo de librar la Mercedes en los tribunales de Florida fue demostrar que Odyssey había expoliado el cargamento que transportaba en sus bodegas. Una cajita de oro para rapé, un cubierto de plata con las siglas del comandante de la nave o una bolsita de botonadura del uniforme de la Real Armada española, entre otros utensilios, fueron piezas clave que ahora se enseñan para determinar la propiedad de la carga.

La Mercedes formó parte de una flota singular en la que el rey Carlos III puso esfuerzos y dinero porque de alguna manera presintió que nuestra Armada era el último gran símbolo de un imperio ultramarino en el que pronto comenzaría a ponerse el sol. En aquella flota navegaron ilustres marinos como Blas de Lezo, el héroe de Cartagena de Indias que hizo morder las olas a la royal navy de su época, Alejandro Malaspina, cuya expedición científica y geográfica nada tuvo que envidiar a las andanzas de Darwin, o Domingo de Bonechea, que puso las cosas difíciles en el Pacífico a James Cook y al francés Boungaville logrando, en un episodio muy poco conocido, que Carlos III fuera reconocido como rey de Tahití.

La crónica de la fragata Mercedes, víctima por dos veces de la rapiña, ha puesto de relieve la necesidad de poner freno a los saqueos submarinos y velar por nuestro patrimonio subacuático. También ha traído a nuestra memoria las hazañas de aquellos intrépidos navegantes a los que merece la pena conocer un poco mejor.

Ahora, este tesoro cultural y los personajes que le rodean se presentan ante nosotros colgados en las paredes o dentro de las vitrinas de dos museos para narrarnos una historia con muchas historias. Por su parte, la estela de la Mercedes, a buen seguro, sigue aún acompañando a las nuevas generaciones de marinos españoles que, con la misma determinación que entonces, siguen surcando los siete mares.