CULTURA

Sorolla en América

Una exposición sobre Sorolla recoge el gran éxito que tuvo el pintor valenciano en Estados Unidos a principios del siglo XX. Puede verse en la Fundación Mapfre hasta enero de 2015.

Cuadro de Sorolla.
Cuadro de Sorolla.
Sorolla en América

Joaquín Sorolla había triunfado en Europa y sobre todo en París. Por entonces alcanzar el éxito en la “ciudad de la luz” era fundamental para un artista. Con ese gran reconocimiento internacional el pintor valenciano viajó a los Estados Unidos en 1909. Allí tuvo una extraordinaria acogida y consiguió seducir a la sociedad americana de la época, en especial a sus miembros más ilustres y adinerados. De esta forma, relevantes museos y coleccionistas privados adquirieron una parte importante de las obras más notables de esta sobresaliente etapa de madurez del pintor.    

Sorolla llegó a Nueva York de la mano de su gran mecenas Archer Milton Huntington, heredero de una ingente fortuna y fundador de la Hispanic Society of America. Por encargo del multimillonario, el artista pintaría más tarde 14 enormes óleos, bajo el título Visón de España, que siguen decorando las paredes de esta institución ubicada en la avenida Broadway. Un proyecto en el que trabajó durante siete años y le dejó literalmente agotado. Además, recibió el apoyo de otros personajes de la alta sociedad, entre ellos del magnate del tabaco Thomas Fortune Ryan para quien realizó el impresionante Estudio para Colón saliendo del Puerto de Palos.

Tras exponer en la Hispanic, por donde pasaron más de 160.000 visitantes en tan solo un mes para ver cuadros con soleados paisajes, estampas populares y jardines españoles rebosantes de luz, sus pinturas se mostraron en Búfalo y Boston. Más tarde, en 1911, se celebraron sendas exposiciones en el Art Institute de Chicago y en el St. Louis Art Museum. Fue tal la notoriedad lograda que sus obras pronto comenzaron a ser falsificadas. A día de hoy se han contabilizado más de mil falsificaciones. La exposición que ahora podemos contemplar en la Fundación Mapfre hasta el 11 de enero de 2015, relata la intensa aventura del pintor en tierras americanas.

En efecto, el pintor levantino llevó consigo la esplendente luminosidad del Mediterráneo  plasmada en sus conocidas escenas de mar y playa. Obras que impactan por la luz que irradian sin cortapisas, pero también por el movimiento de las figuras, la plasticidad de los cuerpos, dentro o fuera del agua, y la forma de captar el viento en las velas hinchadas de las barcazas o en la ropa agitada por el aire de sus personajes femeninos.

La exposición se inicia con obras que ya estaban en Estados Unidos antes de su llegada. Uno de esos cuadros es ¡Otra Margarita!, que obtuvo la medalla de honor en la Exposición Internacional de Chicago de 1893. Este cuadro es una radiografía social, de las varias que hizo, de la España de finales del XIX. Representa a una pareja de guardias civiles medio adormilados que vigilan, en el interior de un vagón, a una mujer joven que al parecer había matado a su hijo. Esposada, sin fuerzas, con la mirada en el infinito y la cabeza inclinada sobre un hombro, todo el equipaje de la presunta parricida no es más que un pequeño hatillo. Como si de una fotografía se tratara, la dramática imagen fue captada por Sorolla cuando viajaba en tren de Valencia a Madrid.   

En la misma línea de temática social encontraremos a los sobrios protagonistas de marcados rasgos que aparecen en Los pimientos, Aldeanos Leoneses, España Pintoresca Segovia o ¡Triste herencia!, donde un fraile acompaña a varios niños discapacitados que se bañan en el mar, por el que fue galardonado con el Gran Premio de la Exposición Universal de París de 1900. Duras imágenes de una realidad de España que en la patria del pintor se miraban con recelo.    

Sin embargo, la energía, el refinamiento y las tonalidades que desplegó Sorolla en sus pinturas impresionó de tal manera a la alta sociedad norteamericana que todos querían ser retratados por este maestro de la luz y el color. “Sus retratos son graves o brillantes en su tratamiento según demande el sujeto, pero son invariablemente espontáneos y llenos del espíritu de vida”, podía leerse en el New York Times del 5 de febrero de 1909. De este modo, Sorolla pasó casi dos semanas en la Casa Blanca retratando al vigésimo séptimo Presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft, también pintó al Secretario de Estado, Robert Bacon y al potentado Louis Comfort Tiffany. Asimismo, retrató a diversas señoras de la acaudalada burguesía americana de aquel tiempo, como la esposa del banquero J.P. Morgan o del diplomático Ira Nelson Morris con sus hijos.

Una curiosidad sobre sus elegantes retratos. Varios tienen por nombre el de Señora de, añadiendo el apellido del marido que encargó el cuadro. Incluso hay uno que se titula La señora amiga de Mr. Ryan. Por fortuna, otros llevan el nombre de la mujer que aparece en el cuadro, como es el caso del retrato de Emily Perkins o Juliana Amour Ferguson. En fin, cosas del pasado. Apuntar que entre los retratos de la exposición destaca el del pintor y político Aureliano de Beruete, fechado en 1908, que lleva un abrigo en el brazo pintado con tal hiperrealisimo que pareciera fuera a salirse del lienzo.

Esta completa muestra del Sorolla americano y más cosmopolita tiene dos espacios que no pueden pasar desapercibidos a nuestros ojos. Por un lado, los 24 dibujos realizados en el reverso de los menús de los hoteles de lujo The Blackstone de Chicago y Savoy de Nueva York donde se alojó el artista. En ellos aparecen clientes y camareros que quedaron atrapados en el tiempo por el lápiz del pintor. Por otro, los guaches pintados sobre los cartones que las lavanderías de los hoteles utilizaban para doblar las camisas de etiqueta. Aquí la inspiración viene de las calles de Nueva York que escudriña desde la ventana de su habitación. Igualmente, podremos ver apuntes, notas y manchas de color que dieron paso a sus grandes obras. Porque Sorolla nunca dejaba de pintar. Lo  confesó a un periodista: “¿Qué cuando pinto? Estoy pintando ahora, mientras lo miro y hablo con usted”.