UNA VISITA AL AÑO 1592

Ciudadela de Jaca, cita con la historia

Visitas teatralizadas hasta el 30 de agosto, miles de soldaditos de plomo, la exposición temporal Al asalto de maquinas bélicas de la antigüedad y ciervos que nos dan la bienvenida, son parte de los atractivos de esta fortaleza del siglo XVI para este verano

Ciudadela de Jaca, cita con la historia

La Ciudadela de Jaca se eleva discreta e inexpugnable sobre la verde colina en la que fue construida por orden de Felipe II, como baluarte central de una tupida red de fortificaciones pirenaicas que iba desde Ansó a Canfranc. El Castillo de San Pedro, nombre de esta ciudadela, albergó hasta 300 hombres de armas pero, paradojas del destino, sólo se utilizó con fines defensivos en una ocasión. Fueron los soldados invasores de Napoleón los que durante la Guerra de la Independencia se atrincheraron en ella durante casi cinco años, hasta que el General Espoz y Mina la reconquistó para el ejército español el 17 de febrero de 1814.

En la actualidad, carente de relevancia estratégica, aún mantiene presencia militar. Un consorcio, formado por el Ministerio de Defensa, el Gobierno de Aragón, la Diputación de Huesca y el Ayuntamiento de Jaca, se encarga de dar nueva vida a este atrayente lugar dedicado en estos tiempos a la revalorización de su historia y a promover la cultura. 

Tras recorrer su zigzagueante entrada y cruzar el puente levadizo, podremos disfrutar este verano de las visitas teatralizadas que se escenificarán, bajo el lema “Memoria de la piedra”, hasta el 30 de agosto en dos sesiones los viernes y sábados. Por lo observado, la iniciativa está tendiendo una gran acogida entre turistas, veraneantes y los propios jaqueses. Según el coronel Benjamín Casanova, director del Consorcio del Castillo, dependiendo de la demanda es posible que estas representaciones puedan prorrogarse más allá de dicha fecha.

Nos darán la bienvenida una veintena de ciervos que pastan en el profundo foso que nunca ha contenido agua

Mientras esperamos que dé comienzo la función llegará la primera sorpresa que nos depara la ciudadela. Al atardecer, nos darán la bienvenida una veintena de ciervos que pastan en el profundo foso que nunca ha contenido agua. Alfombrado de hierba, rodea el castillo a lo largo de un kilómetro. Los curiosos y desconfiados cérvidos son, de esta forma, objetivo de las cámaras de los visitantes antes de cruzar la puerta coronada por el escudo de los Austrias.

Las visitas dramatizadas son una manera diferente de sumergirse en la historia de esta ciudadela que con humor e ironía nos narran los actores Antonio L’Hotellerie y Emilio Larruga. Estos dos actores, de mucho y buen oficio, logran además la complicidad del público con habilidad y sin forzar la situación, lo cual es de agradecer. Para llevar a buen puerto esta acertada propuesta, han contado con la colaboración del grupo aragonés de teatro Caleidoscopio y con el asesoramiento de estudiosos de esta imponente fortaleza.

La puesta en escena se inicia con una alegoría de la Ciudadela para pasar de inmediato al coloquio entre dos campesinos, padre e hijo zascandil, que nos trasladan a 1592 para relatarnos cómo los habitantes del Burnao, barrio extramuros de Jaca, vieron en la construcción del castillo una amenaza a sus fueros y privilegios. El siguiente encuentro será con el arquitecto Tiburzio Spanochi que nos explicará como ideó este bastión pentagonal, cuyo diseño responde a la necesidad de hacer frente a ejércitos que empleaban ya armas de fuego y artillería. Con el Capitán del regimiento, al que los adelantos militares y el uso de la pólvora le producen escalofríos de emoción, recorremos baluartes, escarpas, cuarteles, túneles, casamatas y patio de armas. Entraremos también en el polvorín a pesar de la resistencia del cascarrabias del Maestre de Campo, Juan de Velasco, cuyo sarcófago se conserva en la Iglesia de la ciudadela.

Otra sorpresa que esconde el castillo en el interior de uno de sus cuarteles es el Museo de Miniaturas Militares que cautiva a niños y adultos. Contiene una colección de 32.000 soldados de plomo distribuidos en 23 escenarios que de forma cronológica nos cuenta la evolución de las armas, de los uniformes, de las tácticas de combate y la historia de los conflictos armados desde el antiguo Egipto hasta el siglo XXI. Un museo útil para recordarnos que aquellos que pierden la vida en los campos de batalla no son de plomo y, como bien indica el folleto que guía el recorrido, debe instruirnos para seguir siempre el camino de la paz.  

Por último, la curiosa exposición temporal titulada Al asalto se añade a los alicientes de la ciudadela, una muestra sobre máquinas de asedio que podrá contemplarse hasta el 30 de septiembre. Los artilugios que se reproducen en maquetas a escala fueron usados desde el siglo IX a.C. al XIV para derribar murallas de antiguas ciudades. Los nombres de estas máquinas lo dicen todo de ellas: cometa incendiaria, lanzallamas, rueda de fuego, carro cuchillo, carro garfio, catapultas, ariete, etc. Mencionados artefactos, que hicieron palidecer a nuestros más remotos antepasados, pueden verse también a tamaño real en los exteriores del castillo donde dentro de una tienda de campaña tendremos la oportunidad de aprender poliorcética, nombre que recibe el “arte” de atacar y defender plazas fuertes.