SINGULAR Y COLORISTA

Tigua, viaje al arte del centro de la tierra

Sorprendentes pinturas y máscaras llegadas desde los Andes ecuatorianos pueden verse en la exposición “Tigua. Arte desde el centro del mundo”. Hasta el 17 de enero de 2016 en el Museo Nacional de Antropología

Corpus Christi El Inti Raymi de nuestros antepasados Julio Toaquiza 2002.
Corpus Christi El Inti Raymi de nuestros antepasados Julio Toaquiza 2002.
Tigua, viaje al arte del centro de la tierra

Muy cerca de la línea imaginaria que divide al mundo en dos mitades, en uno de los lugares a mayor altitud del planeta, las comunidades kichwa habitan la región de Tigua, donde un arte singular y colorista, en estrecha comunión con la naturaleza, surgió en los años setenta del siglo pasado.

El interés artístico y antropológico que despierta el arte de Tigua, ha sido el motivo por el que la Embajada de Ecuador en España y el Museo Nacional de Antropología han organizado la exposición “Tigua. Arte desde el centro del mundo”, con el fin de dar a conocer las sorprendentes pinturas kichwa al público español.

Cosecha de cebada en minga y pastoreo en los Andes del pueblo kichwa. Luz Toaquiza. 2012. Foto MNA 2

La descubridora e impulsora de este arte fue la marchante y coleccionista húngara Olga Fisch, quien propuso a los artistas kichwa que trasladaran las pinturas con las que decoraban sus tambores rituales, empleados en la fiesta del Corpus Christi, a cuadros realizados sobre el mismo material que sus instrumentos musicales: piel de borrego.

Para pintar estos cuadros al principio utilizaron las mismas anilinas empleadas en el teñido de la lana, después esmalte, pintura acrílica e incluso óleo, como sucede en la obra de Alfredo Toaquiza, considerado el pintor más relevante del arte de Tigua. La familia Toaquiza es considerada como la precursora de esta original y fascinante pintura contemporánea.

Dos tambores tradicionales nos darán la bienvenida a la exposición, en la que encontraremos treinta y seis cuadros de intenso colorido y repletos de numerosos personajes que en cada obra conforman escenas muy elaboradas con actividades cotidianas, fiestas religiosas o, en un tono más reivindicativo, los levantamientos indígenas.    

Fiesta de San Juan. Pedro Vega. 2012 Foto MNA 2

Esta pintura es un canto a la relación del ser humano y la naturaleza. Los quehaceres artesanales, agrícolas y ganaderos son protagonistas casi constantes del arte Tigua. Los cultivos de papas, cebollas, altramuces o quinua están presentes en paisajes de empinadas laderas, así como los rebaños de ovejas o llamas que pastan en el ujsha sacha (páramo andino) a 4.200 metros sobre el nivel del mar, casi dos veces la altura del pico Peñalara, el más alto de la madrileña sierra del Guadarrama.

Porque las montañas ocupan un sitio fundamental en la religión kichwa, donde se funden creencias prehispánicas y católicas. El culto a Pachamama, la madre tierra, o a urku, las montañas, está presente en las pinturas. Las elevadas montañas aparecen humanizadas, con rostro propio, en varios cuadros que resultan muy llamativos. También los volcanes son omnipresentes, como el volcán Tungurahua, la legendaria laguna situada en el cráter del volcán Quilotoa o la silueta del volcán Cotopaxi, uno de los más prominentes y activos del mundo. Sobre todos ellos sobrevuela siempre la emblemática ave de los Andes, el kuntur o cóndor que intercede entre las personas, los ancestros y Pachamama.

Entre los personajes que destacan en las pinturas están los yachac o chamanes. Su presencia es imprescindible cuando es necesario tratar enfermedades de origen sobrenatural. Resulta curioso que los chamanes tsáchilas, que viven en la costa, sean los más célebres entre los habitantes de esta parte de la cordillera andina. Como relata el pintor Alfredo Toaquiza “Los chamanes tienen cientos de nombres, de las montañas, de las cascadas, de toda la naturaleza, y con los nombres hacen llamado, hacen acercamiento, y entonces se ponen en contacto con ellos, hacen ritual, sus cantos, su silbo. Son hombres y mujeres sabios, tienen ese poder, curan, limpian, dan salud y vida, interpretan toda la naturaleza”. Una obra representativa en este sentido es “Mujer curandera, Shaman. Ritual con Montañas”

El shaman curando los rebaños. Alfredo Toquiza, 2009. Foto de Juan Robles Picón

Danzantes y enmascarados son igualmente personajes esenciales de las fiestas populares y religiosas. Los primeros son plasmados en estas obras con sus espectaculares trajes y tocados bailando al ritmo del tambor y la flauta pingullo. A los segundos, no sólo es posible observarlos en cuadros como en “Los disfrazados”, también podemos contemplar una muestra de veinte inquietantes máscaras de animales (ocelotes, pumas o la “vaca loca”) y rostros turbadores como el del “payaso” o el “viejo”.

Resulta peculiar que en algunas de las pinturas que pueden admirarse en esta exposición temporal aparezca la figura del turista, incorporado a la escena que se plasma en el cuadro y pertrechado con la consabida cámara para fotografiar a los indígenas. Es el caso, por ejemplo, de la obra “Turista visita a la familia de pintores”.

Este arte pictórico, sencillo, casi naíf, vibrante, nutrido de múltiples personajes, siempre dispuesto en varios planos, atrapa nuestra mirada invitándonos a descubrir todos los detalles que refleja. Sin embargo, a veces abandona su estructura habitual para asombrarnos con obras como “Los lanzadores traen al toro bravo para la fiesta del pueblo”, donde se reduce el número de figuras y éstas surgen con un vigor imprevisto.

La pintura de Tigua nos traslada de esta forma al altiplano ecuatoriano, a la atrayente  cordillera de los Andes, nunca exenta de misterio, donde sus gentes cultivan un arte que ahora se asoma hasta nosotros desde el centro del mundo.