| Posiblemente sea ése el único sentido de la visita oficial que hoy comienzan en Marruecos SS. MM. los Reyes de España. Ni están las relaciones entre Madrid y Rabat para echar cohetes celebratorios, ni tampoco se encuentran en un compás de crisis y deterioro que justifique el recurso al activo más importante con que cuenta ahora nuestra política exterior. Marruecos es el punto nodal de la inversión diplomática española acometida por el actual Gobierno. Está en el origen de todo. Y no por la magnitud de la función/cantera del 11M, pues marroquí fue el grueso de la tropa que ejecutó los atentados, sino por su centralidad en la quiebra de la relación hispano-francesa desde el episodio del Perejil. Lo que quieras, José María. Todo menos Marruecos” —es el mensaje que se dice pasó Chirac a José María Aznar—. Francia había vetado el apoyo de la Unión Europea a España al sobrevenir la ocupación del islote. Y España cambió de caballo. Terció y medió Colin Powell. Rabat aceptó, dándole preferencia al poder norteamericano sobre su protector francés. El peaje pagado por Madrid fue el endoso de la iniciativa estadounidense sobre Iraq. Mesopotamia quedaba lejos y la desestabilización de la zona del estrecho de Gibraltar concernía al eje de nuestra seguridad nacional. Marruecos era el nudo del problema, el quid de la cuestión. El eje de nuestra seguridad nacional resultaba incompatible con los intereses crónicos del lado francés del eje franco-alemán. El problema derivó y se agrandó en la medida misma que se agrandaba y generalizaba, a escala europea, el disenso atlántico incoado por Francia en la defensa de sus intereses históricos en Iraq. Intereses identificables en el suministro de un reactor nuclear a Sadam (destruido al cabo por la aviación de Israel), y en la expresión de su revancha por la humillación de 1956. Medio siglo atrás, sus soldados, con los del Reino Unido e Israel, fueron obligados por el presidente Eisenhower a retirarse, en horas 24, de las posiciones que habían tomado en Egipto tras de la nacionalización del canal de Suez por Gamal Abdel Nasser. Lo más reciente no hay que volverlo a recordar. Sólo que el desarrollo del desencuentro hispano-francés arrastró hasta el espacio europeo el disenso atlántico. El eje franco-alemán quedó en minoría, pero replicaba París con instrucciones sin mandato al ex presidente Giscard d’Estaing para que modificara, en el proyecto de Constitución que la Convención elaboraba para Europa, el reparto de poder que se había pactado en el Tratado de Niza. Entre tanto, Marruecos —ancila de Francia— había desaparecido, en la percepción colectiva, del escenario causal; pese haber sido Marruecos, como patio trasero francés, la semilla de ese problema europeo. De ahí en adelante apenas es necesario recordar nada, siempre al fondo nuestro amable vecino del sur: el 11M y el 14M; la completa rectificación de lo actuado en el exterior por el Gobierno del PP: entrega incondicional a las tesis euroconstitucionales francesas; renuncia a los derechos adquiridos en el Tratado de Niza; retirada de las tropas desplegadas en Iraq; despliegue de la enemistad política con G. W. Bush; desprecio al socio polaco en la reivindicación de Niza y, sobre todo, obsecuencia a todo trapo con Marruecos, porticada ahora con la alfombra de medallas para el poder alauí en todos sus niveles de expresión. Una alfombra tejida en el último Consejo de Ministros, tres días antes de la llegada de los Reyes a Marrakech y días después del paso por tierra jerifiana, para visitar a Miramamolín, de Felipe González y Carlos Slim con sus negocios hemisféricos. Sólo faltaba para rematar el periplo de la rectificación de todo lo anteriormente actuado las jornadas jerifianas de los Reyes. Todo un broche de oro en el origen del giro copernicano en nuestra política exterior. Al norte, la renuncia a las posibilidades del Trayado de Utrecht para el rescate de Gibraltar, regalándole a los llanitos el derecho de veto, y al sur la más alta y gratuita liturgia para las complacencias de Estado con Marruecos.
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