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      Director: Armando Huerta   25-VII-2008 /nº.3.632 Año X 

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Amnistía preventiva


José Javaloyes
Una tras otra, por directa manipulación del Gobierno, caen las leyes por el suelo como si fueran las hojas del árbol de Estado; del Estado Democrático de Derecho. Los de mi generación recordamos aquella película Dallas, ciudad sin ley. El de esa rancia cinta vendría pintiparado como título para estas observaciones; pero no. Aunque la España en la que ya estamos podría llamarse “Dallas”, la titulación debe ser otra. Quizás, “Amnistía preventiva”. Por ahí se va, según los dictados del Club de Perpiñán.

No es para menos, dada la amortización política de la ley. Se trata de algo más que de la tributación del Derecho a la Política, cuando desde ésta se amnistían responsabilidades penales. Hay algo más ahora. Estamos ante la amnistía preventiva para quienes delinquieron y fueron condenados, igual que para aquellos otros que delinquirán. Los destinatarios de la suavización de la Ley de Partidos, en cuyo favor se infringe la norma legal con licencias y salvoconductos, con perdones a cuenta de algo que no se sabe aún qué es o será: si el abandono de las armas y de toda actividad terrorista, que resulta lo menos previsible, o la retirada al precio de concesiones.

Serán tales concesiones medidas y tasadas en renuncias del Estado; renuncias y capitulaciones que lleven al achatarramiento de la Constitución y a la colada siderúrgica final. Los materiales resultantes del desguace serán vertidos en diversos crisoles: para otras tantas constituciones y sus correspondientes naciones nuevas.

Al partido de los asesinos del norte se les reconoce por el Rodríguez titular de la Moncloa el derecho de reunión, haciéndolo prevalecer sobre el derecho a la vida que tenían el millar de asesinados por los gudaris de la infamia. A los que purgan prisión, indulgente y progresivamente reducida, se la reducirán todavía más —por vía de la aproximación y el reagrupamiento— cuando sus representantes lo consigan del Gobierno. ¿Cómo? No se sabe bien. El mueble es indiferente. Tanto da la mesa de la negociación que la cama de la claudicación, siempre con las nalgas por estandarte.

Pero, menos mal, el Comisionado para las Víctimas del Terrorismo protesta epistolarmente por el Congreso de Herri Batasuna para el que se ha abierto la mano, “humanizando” la Ley de Partidos. Parece que la cosa, tratándose como se trata de un profesor de Derecho Natural, está menos, naturalmente, para cartas que para dimisiones. Resulta imposible mayor golfería de positivismo jurídico y ejercicio antidemocrático del poder, puesto que no hay democracia sin Estado de Derecho y seguridad jurídica que la precedan y sostengan.

La Fiscalía General del Estado, nunca menos de éste que del Gobierno, prosigue su tarea de planchado y cepillado de las condiciones previas, para que lo prevaricado políticamente venga a aparentar que no es tal cosa, sino aceptable confusión de si resulta o no resulta legal el último envite de la Moncloa contra el decoro exigible en una vieja nación de Europa, engendradora del Derecho de Gentes y de alguna cosa más en el orden de las conciencias y las libertades.

Pero quien hace la mayor hace también la menor. Si previamente se está retorciendo la propia Constitución, al extraerle la médula de la soberanía nacional para transferirla al engendro político y estatutario que se trajeron al Congreso los socialistas y los nacionalistas catalanes (pues Rodríguez no tiene claro qué es una nación, y eso que preside el Consejo de Ministros), resulta lógico y hasta necesario que se descuelguen la Moncloa y Ferraz con la derogación fáctica de la Ley de Partidos, luego de haber creado las precondiciones prácticas para ello con la ruptura —y rompimiento con el PP— del Pacto contra el Terrorismo y las Libertades.

Otrosí. De la cena que se hizo en la misma Moncloa con Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, derivan ahora los alineamientos de ésta contra el asilo que Endesa busca en las instituciones europeas.

El buldózer de una Moncloa cautiva de sus pactos con los socialnacionalistas de Cataluña, y de sus compromisos ya aflorados con los terroristas engendrados por el nacionalismo vasco, derriba golpe a golpe estructura y función del Estado de Derecho. Y ocurre que, cuando éste entra en crisis, por acoso para la demolición, lo hace también el propio universo democrático de las libertades. Y también sucede que si un sistema político pierde garantías respecto del poder, deriva hacia una encrucijada: o el camino que lleva a la granja orwelliana, donde unos son más iguales que otros, o el que conduce a Dallas, donde mandan las pistolas. Sin ley segura, barbarie cierta.

Oportuno es recordar que Orwell escapó, por los pelos, de la Barcelona en que mandaban las huestes de Companys y los ancestros estalinianos de otras gentes del tripartito. Oportuno y nada ocioso ante la propuesta de recuperaciones del pasado histórico en que se afanan.


jose@javaloyes.net
 
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