| La calle Fuencarral, en Madrid, céntrica y populosa, une la Gran Vía con la Glorieta de Quevedo. En los últimos tiempos, especialmente en su primer tramo, el que llega al Tribunal de Cuentas, ha modernizado la oferta de sus comercios —¡todos marquistas!— y ha vuelto a ser, en un raro ejercicio de resurrección, mejor de lo que, antes de su decadencia, había sido en tiempos pasados, cuando los Almacenes San Mateo —“¡si no lo veo no lo creo, pero qué barato venden Almacenes San Mateo!”— se alzaban como estrella comercial de la zona. Este pasado sábado, poco después de las ocho y media de la tarde, en la calle Fuencarral, sólo en el tramo comprendido entre el cruce de la calle de la Beneficencia y el de la Farmacia, en la que se alza la Real Academia que le da nombre a la vía, llegué a contar seis varones, seis, en muy poco recatada actitud mingitoria. Un policía municipal amonestaba al conductor de un coche aparcado en segunda fila sin advertir, o querer advertir, a los meones que —¡San Isidro nos ampare!— marcaban el estilo y el tono de la calle.  No es una anécdota casual. En la misma zona, tras el mercado de Barceló, en los hermosos y deslucidos jardines de Rivera, a la puerta del aparcamiento público allí existente, se amontonan gentes perezosas que, por lo que llevo visto —y olido— mean más que respiran. No es extraño si se contemplan los “minis” de cerveza que consumen y los botellones que se llevan al gaznate sin sentir el azote del frío y la intemperie. Traigo a cuento este modelo de costumbres que, con la tolerancia del Ayuntamiento que preside Alberto Ruiz-Gallardón, sirve de explicación para buena parte de los males que nos afligen. De hecho, en una contemplación a vuelo de águila, no hay mucha diferencia entre quienes, frívolamente, tratan de romper la Constitución en nombre de unos nacionalismos de difícil justificación histórica y quienes evacuan su vejiga en la calle. Unos y otros arrancan de la falta de respeto a los valores comunes y a las normas que tratan de preservarlos. Ambos, para mayor agravio, actúan impunemente. En entrevista con Carmen Morodo y Pablo Planas, recordaba Mariano Rajoy que “desde 1812 ha habido nueve constituciones y España siempre ha sido una nación”. Ésa es la realidad, avalada por la Historia, confirmada por la costumbre y defendida —con tibieza, eso sí— por la mayoría. ¿Hemos de cambiarla porque unos separatistas de vocación caciquil encuentren en ello un camino de prosperidad personal y una circunstancia electoral le haya dado al 16 por ciento de la representación en el Parlament valor decisorio en Cataluña? ¿Quizás porque esa misma casualidad refuerza la minoría de Rodríguez Zapatero en la Carrera de San Jerónimo?  España es una nación, la calle no está hecha para mear y, en general, la observancia rigurosa de las leyes es lo único que permite el confort ciudadano y el desarrollo del común. El deseo de cambiar una Constitución, o un Estatuto es tan legítimo como tener ganas de hacer pis; pero lo uno y lo otro tienen su procedimiento. Los gamberros de la calle Fuencarral actúan con la pasividad de Gallardón, y los separatistas catalanes, con el PSC a la cabeza, con la interesada, bobalicona e irresponsable complicidad de Zapatero. Sin rigor intelectual y exigencia formal no hay democracia. No la hay.
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