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Sólo la amistad de dos tronos
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Lorenzo Contreras
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| A la segunda visita de Don Juan Carlos de Borbón a Marruecos, bajo el reinado de Mohamed IV, se le ha concedido una lógica importancia. Es la primera vez que lo hace desde el incidente de Perejil y también tras la ocasión de Estado que representó el fallecimiento de Hassan II, la primera oportunidad en que su visita coincide con el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. El rey alauita no ha desaprovechado la oportunidad de manifestar el desagrado que la personalidad política de José María Aznar le provocaba. Así ha constado en la entrevista que ha concedido al diario El País, en una manifiesta desconsideración hacia la figura del anterior presidente del Gobierno español. En términos concretos no se puede decir que el acontecimiento haya sido celebrado con ningún aplauso especial por la prensa española. La visita, en sí, no parece representar, en efecto, otra cosa que una evocación de agravios, que sólo las buenas relaciones personales entre los dos monarcas, el marroquí y el español, logran superar en el terreno de las diferencias políticas de Estado. El diario El Mundo no ha eludido la coyuntura para recordar que el Centro Nacional de Inteligencia denunció “injerencias” de Marruecos en Ceuta y Melilla un mes antes del 11M. También se ha reflejado periodísticamente la circunstancia de que uno de los presustos implicados marroquíes en los atentados de Madrid se muestre libremente por las calles de Tetuán, la ciudad marroquí con mayor tradición de cultura española y de influencia de nuestra vieja presencia en el Magreb. Precisamente Tetuán, que estaba incluida en el itinerario de la visita de los Reyes de España, ha sido apartada a última hora del programa viajero previsto sin que tal hecho se haya explicado de ninguna manera. En las relaciones entre España y Marruecos existen hoy por hoy varios problemas enojosos. Por ejemplo, la constante afluencia de la inmigración ilegal hacia las costas españolas desde territorio marroquí. En segundo lugar, la nunca aclarada participación de elementos subversivos en el atentado contra la Casa de España en Casablanca. En tercer término, la implicación de terroristas del país vecino en los atentados de Madrid y en los episodios de Leganés y Lavapiés. En cuarto lugar, la rigidez con que Rabat aplicó a España sus “desencuentros” con la Unión Europea en materia pesquera, liquidando una antiquísima frecuentación española de los caladeros del norte de África sometidos a la influencia de Marruecos. Y como gran tema pendiente, el contencioso del Sahara, que ahora se interpreta como uno de los grandes escollos, si no el principal, en las relaciones entre Rabat y Madrid. No deja de ser curioso que los mejores episodios de amistad entre España y Marruecos tengan casi siempre carácter personal y no de Estado. Conocidas son las óptimas relaciones de Felipe González —más o menos heredadas por Zapatero— con el trono alauita o, si se prefiere, con las autoridades del reino jerifiano. González no se ha cansado de ponderar caprichosamente la evolución democrática del régimen marroquí, con juicios particulares indemostrables y frecuentes viajes más o menos de incógnito al país vecino. En cualquier caso, la clave de las relaciones futuras entre los dos reinos, más allá de la “fraternidad” de sus respectivos monarcas, se localiza en el Sahara. Siempre que se produce una especial aproximación política de Rabat con Madrid, lo primero que suscita temor es el porvenir del Sahara en su conexión diplomática con España. No se olvide que Francia está por medio siempre y que en la actualidad Estados Unidos ha dejado de ser nuestro valedor.
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