| En el filme de ciencia ficción de 1979 Alien la nave “Nostromo” llega al planeta donde “recogen” al peligroso alienígena porque la “Compañía” les ha enviado hasta allí con objeto de hacerse con esa “arma biológica” invencible. A la “Compañía” le importa un comino que vayan a morir los siete tripulantes, en apariencia tan propiedad de la empresa como la nave. Y en la serie de Alien esta compañía parece ser la rectora del planeta Tierra. Situaciones semejantes se intuyen en Blade Runner, Desafío Total u otras más militaristas como Robocop, Starship Troopers o Minority Report. La ficción científica, que de todos los géneros es en su fantasía el más crítico con la realidad, suele avisarnos de los peligros a los que se dirige la sociedad. Casos paradigmáticos sobre el comunismo o su hijo feo el fascismo —Churchill dixit— son 1984 o Un mundo feliz, novelas que hoy quizás sean más anecdóticas que reveladoras, pero que marcan el camino de estas historias cinematográficas que sugieren mucho más de lo que cuentan. Escribo esta reflexión en relación con la escandalosa hipocresía que preside la política internacional, donde mandan los números sobre los valores, las cifras de negocios sobre la dignidad personal, nacional o territorial. Por ejemplo, la UE se plantea incorporar a filas al suculento mercado turco. Uno de los problemas para que esto no ocurra es la negativa de Turquía a reconocer la independencia de Chipre, país que invadió en 1974. En las negociaciones Turquía se niega a transigir, y Europa le sigue dando cancha. ¿Por qué? Porque en definitiva es un país con casi 70 millones de consumidores potenciales. Así que a Chipre, pequeñito, le pueden ir dando. En el campo contrario, la opinión pública española y europea, dirigidas por no se sabe quién, no pasan ni una a los Estados Unidos de América. Así, mientras Turquía es potencialmente buena, EEUU es esencialmente malvada. Y lo cierto es que Estados Unidos, como consecuencia de un plan educativo desastroso, un capitalismo radical y el desgaste lógico que afecta y puritaniza a cualquier Imperio, ha ido perdiendo gran parte de sus valores a cambio de los poderes de, en este caso, las “Compañías”. Guantánamo, por ejemplo, es una “isla” a lo Swift donde el imperio de la ley y las garantías constitucionales no funcionan. La degeneración democrática de lo que Churchill llamaba la “Gran República” ha llegado incluso a enturbiar un proceso electoral en la que fue cuna de la democracia moderna hasta llevar a la Presidencia, por dos veces, a ese adelantado a su tiempo y considerado por algunos historiadores como el primer hijo de la LOGSE: George W. Bush. Aun así, y a pesar de todo y para fastidiar a muchos, Estados Unidos sigue siendo la capital del imperio, un modelo democrático ejemplar en muchos aspectos y sus Paul Auster, Bob Dylan, Woody Allen, Richard Ford, científicos anónimos y la infinitud de emigrados ilustres —como el pintor valenciano Manolo Valdés— demuestran la preponderancia de aquel país. Cuando en él los valores morales y democráticos dejan paso al ansia de dinero a cualquier precio y la hipocresía más barata y descarada, el resto del mundo está perdido. Y así es lógico que el mercado mundial se abra a China cuando sigue siendo una dictadura que mata gratuita y alegalmente por el simple color de las ideas; que España venda armas a un líder populista e imperialista como Chávez o que trate a Castro como un hijo meramente travieso, y no como un dictador del mismo color y la misma ralea que Pinochet o Videla; que se permita a Israel jugar a su antojo no sólo con tierras, sino con personas, demostrando que aprendieron muy bien los métodos empleados por el Tercer Reich contra los judíos; que Arabia Saudí sea amiga de Occidente a pesar de su condición de dictadura teocrática implacable y mortífera, y que Iraq sea un país “invadible” con la excusa de que la democracia se puede exportar a cambio de petróleo. No mandan los valores, ni el humanismo, ni las buenas intenciones. Manda el dinero, y las contradicciones del sistema, a pesar de evidentes, apenas importan. En Barcelona se reúnen altos prebostes para hablar del terrorismo y ponen buena cara por haber firmado un documento sin más valor que las instrucciones de una Barbie. En Montreal se reúnen más prebostes para ver si se reducen las emisiones de dióxido de carbono y el consumo eléctrico crece exponencialmente —¡Vivan las lucecitas de Navidad!— mientras se desprecia la energía nuclear por peligrosa. África se pudre porque aunque tiene población no cuenta con el dinero necesario para acceder a los mercados y tan sólo nos preocupa que unos cuantos miles de desarrapados hambrientos intenten saltar el estrecho. Cuando escribo estas cosas, mis maestros suelen tildarme de ingenuo. “El mundo es complicado”, me dicen, “y las cosas no son tan sencillas”. A la teniente Ripley, en Alien, la primera secuela de la saga, nadie la creyó cuando denunció a la “Compañía”. En el mundo real, la “Compañía” es un concepto difuso, a medias mercantil, a medias supranacional, es hipócrita, implacable, casi un impulso imparable y descabezado. Y, sobre todo, moralmente perverso, humanamente despreciable y, finalmente, peligroso y sangriento.
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