| Los últimos sucesos alrededor de Ceuta y Melilla han provocado en ambas ciudades, así como en el resto de España, una cierta preocupación por su futuro. Se proclama su indiscutible españolidad, pero ni hay rechazo contundente cuando Marruecos propone la fórmula de cosoberanía o soberanía compartida, ni se acepta la presencia de los mandatarios de ambas ciudades en el encuentro hispano-marroquí de Córdoba sobre la defensa de sus fronteras. Tampoco ayuda mucho a calmar la inquietud el hecho de que alguna destacada personalidad del Ministerio de Asuntos Exteriores defienda sin tapujos y por escrito lo que nuestros vecinos llaman retrocesión, recordando la palabra utilizada cuando nos echaron de Ifni. Ese enclave, al igual que el Sahara Occidental y Guinea Ecuatorial, eran entonces, oficialmente, provincias españolas. Según el viejo refrán castellano, la suerte de la fea la guapa la desea. Gibraltar, una colonia, representaría el papel de la fea, mientras que Ceuta y Melilla, partes integrantes de una nación soberana, serían las guapas. Me temo que, si bien los llanitos se sienten absolutamente seguros de que la bandera del Reino Unido seguirá ondeando en el Peñón por los siglos de los siglos, siempre que ellos así lo deseen, no ocurre lo mismo cuando se trata de la españolidad de nuestras ciudades autónomas. Hubo un tiempo en el que Marruecos parecía aparcar sus reivindicaciones hasta que se resolviera la cuestión de Gibraltar. El destino de los tres enclaves se resolvería simultáneamente en términos históricos. Sólo que tal planteamiento —inaceptable para España por equiparar supuestos muy distintos— ha quedado obsoleto. Nada nuevo hay en el contencioso de Gibraltar, pero sí en el de Ceuta y Melilla, sometidas a presiones bien conocidas. Cuando Piqué, nuestro entonces ministro de Asuntos Exteriores, propuso la cosoberanía hispano-británica sobre Gibraltar, debió repararse en que el invento podría volverse contra nosotros por partida doble. De un lado, era peligroso cambiar el problema geográfico de un Gibraltar extranjero por el del engarce privilegiado de la Roca dentro de España, con el consiguiente “efecto llamada” para algunas de sus Comunidades Autónomas. Y de otro, era fácilmente previsible que, se llegara o no a la aceptación de esa fórmula por el Reino Unido y los propios gribraltareños, el precedente de la soberanía compartida sería utilizado en su momento tanto por nuestros separatistas periféricos como por los anexionistas marroquíes. En eso estamos. La cosoberanía hispanobritánica en Gibraltar es tema del que no ha vuelto a hablarse, pero el Plan Ibarreche y el proyecto de Estatuto catalán algo apuntan —por decirlo suavemente— contra la soberanía pura y simple de la nación española.
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