Con la elección del teólogo Josep Ratzinger, ahora ya ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mundo católico y la comunidad internacional interesada en el papel de la Iglesia en el mundo, se preguntan si el nuevo Papa Benedicto XVI se atendrá con todas sus consecuencias a la línea que se marcó en la homilía pronunciada por él mismo en la misa que precedió al cónclave o esconderá algún enigma o sorpresa en su universo de intenciones. Fue tan radical y espectacular el cambio de Ratzinger de joven teólogo y profesor progresista de Tubinga a lo que hoy representa en todos los aspectos que actualmente tienen frenada a la Iglesia en el terreno de la doctrina, que el lector sólo podrá valorar esa transformación retardataria si medita un poco en lo que escribió Ratzinger en 1968, en pleno clima conciliar y poco antes de la publicación de la encíclina Humanae Vitae:
“Aun por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica. En esta determinación del individuo, que encuentra en la conciencia la instancia suprema y última, libre en último término frente a las pretensiones de cualquier comunidad externa, incluida la Iglesia oficial, se halla a la vez el antídoto de cualquier totalitarismo en ciernes y la verdadera obediencia eclesial se zafa de cualquier tentación totalitaria, que no podría aceptar, enfrentada con su voluntad de poder, esa clase de vinculación última.” Cuando en el Concilio Vaticano II se planteó la denuncia de las prácticas inquisitoriales del Santo Oficio, presidido por el cardenal Ottaviani, Ratzinger apoyó al cardenal arzobispo de Colonia, Josef Frings, de 76 años, desde su condición de asesor teológico. El profesor de Tubinga había escrito por aquellos tiempos:
“Escándalo intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de defender los derechos de Dios, se defiendan sólo una situación social determinada y las posiciones de poder en ella conseguidas. Escándalo secundario intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de proteger la integridad de la verdad, se eternicen opiniones académicas que en un momento se impusieron como cosa natural, pero que ahora llevan tiempo necesitando ser revisadas y que vuelva a plantearse cuáles son ahora las verdaderas exigencias de lo originario.” Esto sostenía Ratzinger el año 1969 en su obra El nuevo pueblo de Dios. ¿Cuál fue la causa de la transformación de Ratzinger? Se ha dicho que Pablo VI le pidió que atemperara sus opiniones radicales y las adaptase a la línea oficial de la Santa Sede. Lo mismo le pidió al teólogo suizo Hans Küng, al que en 1979, por no “adaptarse”, se le retiró la licencia eclesiástica para ejercer la enseñanza. Ratzinger fue más acomodaticio y se pasó, siempre, por supuesto, en provecho de su fulgurante carrera eclesiástica. En el caso de Küng, la mano que le cerró el paso no fue la de Pablo VI, sino la de Juan Pablo II y probablemente, de manera más directa y ejecutiva, la del propio Ratzinger, ya en plena velocidad de crucero hacia el lugar donde ahora se encuentra bajo el nombre de Benedicto XVI. Antes había pasado por Múnich, ya bajo Juan Pablo II, en prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981), sucesora del Santo Oficio y hasta cierto punto de la Santa Inquisición.
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