Se cumplió la jornada electoral del 17A y “los vascos y las vascas”, por usar la terminología que tanto le complace al lehendakari Ibarretxe, la aprovecharon para darle un par de azotes, sin demasiada saña, al inevitable PNV. El primero de ellos vino dado por la notable caída de las cifras participativas —un 13% menos que en el 2001—, lo que le quita a la convocatoria el valor añadido de “plebiscito” que, de alguna manera, pretendía la estrategia nacionalista a favor del “plan” que, promovido por el tripartito asentado en Vitoria, ha marcado el espíritu de la legislatura ya caducada. El segundo de los azotes, un mero palmetazo, tiene el valor de un aviso a los navegantes del nacionalismo soberanista: el PNV, comandado por Ibarretxe, retrocede en número de votantes y en escaños parlamentarios. No cabe diagnóstico más claro para una situación que, por lo demás, sigue siendo oscura. El País Vasco, quizás harto de dos legislaturas con más ruido que nueces, le ha castigado a Ibarretxe; pero no tanto como para que, en serio, cambien los vientos dominantes en sus tres provincias.  En principio, nada le impedirá a Ibarretxe y a sus tradicionales acompañantes en Vitoria volver a formar Gobierno y, con la fórmula ya conocida, controlar la mayoría parlamentaria. Además, el Partido Comunista de las Tierras Vascas, el PCTV, ya comprobado como “marca blanca” de Batasuna, está ahí como elemento de reserva táctica y, llegado el caso, de apoyo estratégico. Se comprueba que en ese porcentaje, su mínimo histórico, el bloque batasunero es sólido y, más o menos, imperturbable. Tal y como era previsible, y habíamos previsto, el PSE, la franquicia del PSOE en las provincias vascongadas, ha mejorado su posiciones absoluta y relativa. Es un efecto, en lo que cabe, consecuente con la ocupación de la Moncloa. La decadencia del PP, que pasa a ser la tercera de las fuerzas parlamentarias vascas después de haber sido la segunda, no le quita méritos al esfuerzo de la candidata, María San Gil; pero, conviene recordarlo, sigue la línea ya inaugurada por el partido dejado de la mano de José María Aznar en el Parlamento catalán. Por ahí, por lo anterior, viene la gran lección de estos comicios en el ámbito nacional y, especialmente, si se recuerda que en otoño se producirán las autonómicas de Galicia, con un difícil pronóstico para el partido que, dicen, lidera Mariano Rajoy. ¿Se resignará la gran formación del centro derecha a seguir adelgazando, confrontación tras confrontación, y, con ello, comprobando el enfriamiento de sus bases y su pérdida de peso específico en el juego político de la nación?  Tiempo tendremos estos próximos días de repasar el detalle de los resultados electorales vascos; pero, de momento, eso es lo que hay: frío para el PNV y un claro aviso a Mariano Rajoy y su cúpula de la calle Génova de Madrid. Los mensajes de los ciudadanos vascos van personalizados; pero, como suele suceder, la política partidista favorece la sordera selectiva.
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