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      Director: Armando Huerta   25-VII-2008 /nº.3.632 Año X 

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Hay que ser...


Daniel Martín
El próximo 23 de febrero llegará a España la traducción de la sexta entrega de las aventuras de Harry Potter bajo el título Harry Potter y el misterio del príncipe. En el resto del mundo, en cambio, se titula según el inglés Harry Potter and the half-blood prince, cuya traducción más exacta sería Harry Potter y el príncipe mestizo, ya que el gran “misterio” de la novela es la auténtica identidad de un hijo de hechicera y de “muggle”, es decir, un humano ajeno a la comunidad mágica de Hogwarts. Según el DRAE, mestizo puede hacer referencia a un humano, vegetal o animal que sean fruto de padres de razas diferentes o a hechos espirituales mezcla de diferentes culturas. Por ningún lado se ve que “mestizo” sea una palabra despectiva o con tintes peyorativos.

Así, España volverá a ser diferente al conseguir desnaturalizar una novela desde el título. ¿Qué tiene de malo que Potter intente averiguar quién es el “príncipe mestizo”? ¿Acaso el miedo a ser políticamente incorrecto da derecho a la Editorial Salamandra a desvirtuar el título de la novela para buscar otro con menos gancho y que para nada encaja con el resto de la serie? Porque, por lo leído, J. K. Rowling se sumerge en el más oscuro de los libros para abordar desde su peculiar y “mágica” perspectiva un asunto tan viejo como la Humanidad: el mestizaje; que en versión española —¿será cosa de la diversidad cultural?— es, según parece, sinónimo de “misteriosidad”. Prefiero pensar que el título escogido se debe al miedo antes que a la ignorancia.

Y es que en España, como en el resto del mundo, el “terror” a lo políticamente incorrecto invade todas las parcelas de la vida, y tenemos más miedo a las palabras que a las ideas. Porque ser negro, marica, mujer, católico, musulmán o mestizo no tiene por qué ser malo en sí mismo. Las palabras no tienen mala intención. Es su uso lo que las puede pervertir, y utilizo un verbo que lo dice todo. Y es en el miedo donde las palabras comienzan a perder su significado, cuando la perversión de los conceptos cobra existencia. Pero en estos tiempos la ignorancia —y el miedo que ésta siempre conlleva— nos ha colocado en una tesitura donde es peor el remedio que la enfermedad: hay personas de color —¿de cuál?—, alternativos sexuales, víctimas potenciales, integristas religiosos o, ahora, príncipes misteriosos. Con la única salvedad que a algunos —sobre todo si son hombres blancos solteros heterosexuales y todavía más si son católicos— sí que se les puede faltar y a otros no

Y lo peor es que esto sólo sirve para potenciar aquellas actitudes de las que se tiene miedo. Por ejemplo, con el racismo, el tener miedo a diferenciar las razas ayuda a que estas diferencias continúen existiendo. Igual que no importa que alguien tenga el pelo rubio, negro, castaño o incluso verde, no debería existir ningún problema a la hora de describir a cada persona según su raza. Otro ejemplo: gracias a esa gilipollez —colocada a medio camino de la estolidez ideológica y el negocio puro y duro— de la paridad en las listas, gobiernos e ínsulas, los cargos públicos no se reparten según las aptitudes de cada uno, sino según el sexo de cada cual, potenciando así la distinción entre sexos, que es lo que se persigue. María Teresa Fernández de la Vega, antes que tuerta en el país de los ciegos, es mujer gracias a que en el Gobierno hay 8 mujeres y 8 hombres en lugar de 16 ministros.

Y este virus mental, nacido de la sinrazón y la estupidez más genuinas, ha encontrado un óptimo caldo de cultivo en la sociedad española. Como decía Pérez Reverte en uno de sus artículos, pronto comenzaremos a comer pinchos magrebíes o ir al circo a ver profesionales de la risa. Porque se tiene miedo a las palabras, al humor y al libre pensamiento. En cuanto algo se sale de la mediocridad de lo políticamente correcto, inmediatamente la inevitable asociación oculta tras las siglas ONG aparece en escena para reivindicar los derechos de este grupo social o para criticar las actitudes de aquellas personas de bien que sólo intentan hacer su trabajo. El caso de los anuncios televisivos es paradigmático, pero los tentáculos de la “gilipollez del miedo” alcanzan al cine —en la última película de Jodie Foster los auxiliares de vuelo, que no azafatas, se han quejado por lo mal reflejada que queda su profesión—, las asambleas legislativas, las tertulias, las farras y, ahora, los libros.

Y eso que el problema no es nuevo. Hace ya muchos años, un gran director de fama internacional -Sergiu Celidibache- vino a Madrid a dirigir la Orquesta Nacional de España. En el primer ensayo detuvo a la orquesta e hizo una indicación al intérprete para que la tradujese a los que él denominó “músicos”. Inmediatamente el enlace sindical se acercó al director y le dijo que el convenio colectivo obligaba a los directores a llamar a los miembros de la orquesta “profesores” en lugar de “músicos”. El director, asombrado, dijo: “Claro, músicos eran Beethoven, Bach, Mozart”. Dejó la batuta y abandonó para siempre la banda española. La cuestión es que si antes estas gilipolleces idiomáticas —que sólo afectan a los que ignoran el significado de moderación, tolerancia y cosmopolitismo— eran infrecuentes, ahora se han extendido a todos los ámbitos de nuestra vida. Y ahora hasta los niños y jóvenes tendrán miedo a la palabra mestizo, por mucho que una maga inglesa escriba un libro entero sobre el mestizaje. Son tiempos oscuros, éstos, ideales para Voldemort, siempre que ataque al bueno de Harry Potter por pura maldad y no porque lleve gafas.


dmago2003@yahoo.es
 
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