| La rectificación en el trazado del muro de seguridad que construye el Gobierno de Ariel Sharon, impelida por dos fallos judiciales —el del Tribunal Supremo de Israel y el Tribunal Penal Internacional— y un apremio político derivado de la precariedad parlamentaria del Likud, ha venido a demostrar, a la postre, que por muy dramáticamente obvio que pueda ser el acoso terrorista a la población de Israel, cualquiera de las respuestas que se apliquen deben ceñirse a los límites de la ley y a los imperativos del Derecho Natural, sede en definitiva de los derechos humanos. Establece esas fronteras un principio de proporción que obliga a la disciplina de las dosis. De dosis, en efecto, es la cuestión. Sus detalles parecen resultar de la negociación política entre Ariel Sharon y Simon Peres, líder de la oposición laborista en el Parlamento israelí. Esa rectificación en un trazado del muro de seguridad que yugulaba los niveles de viabilidad para la rudimentaria sociedad civil palestina, además de alterar en beneficio del Estado judío los límites territoriales del ente autónomo, habrá de contribuir, por fuerza, a despejar los accesos al camino para la negociación de la paz entre los palestinos e Israel, convenido entre los Cuatro (Naciones Unidas, Unión Europea, Estados Unidos y Rusia) y denominado “Hoja de Ruta”, o mapa de carreteras si así se le pudiera llamar a la maraña de trochas y caminos que media entre la situación actual y esa entelequia en que habría de consistir la paz entre Israel y la ANP. La rectificación del muro de seguridad, que le evite ser un segundo muro de las lamentaciones, es otra condición que se suma al abandono —aparente al menos— de la presión judía sobre Arafat. Se trata de otro obstáculo que se remueve en el referido camino hacia la casi utopía de la paz de Israel con los árabes. Las rectificadas dosis se comienzan a administrar en pos de la meta que el mundo espera, algo que como problema presenta alarmantes semejanzas con la cuadratura del círculo. A tanto como eso alcanza, y también por cuestión de dosis —en la definición de virajes políticos y disponibilidades diplomáticas—, la cuestión de las relaciones de España con Argelia, luego del rataplán de Casablanca que el presidente Rodríguez se marcó en su primer viaje en condición de tal. Fue seguramente el médico francés quien se pasó en la prescripción de las dosificaciones. Moratinos, recuérdese, tenía que salir con los tafetanes enseguida, a las pocas horas, al mismo Argel adónde ayer marchó el actual huésped de la Moncloa. Ahora, nada en el programa de la visita que difiera sustancialmente de lo que se hubiera convenido ya por los gobiernos de Aznar, y por el propio Aznar con Buteflika. Llama la atención, en cualquier caso, eso de la asociación estratégica entre Argel y Madrid. Debe ser por la recalificación que hizo Washington de sus relaciones con Rabat. El rayado diplomático de Miramamolín en el Despacho Oval destacaba hace unos días en lo que es ya una estampa para la Historia. Al Maruecos de Mohamed VI parecen disputárselo Estados Unidos y Francia en medida inversamente proporcional a cómo la Casa Blanca y el mundo en general modifican a la baja el crédito diplomático de España, tras la Anábasis zapaterina, y el Elíseo rubrica con palmaditas en la espalda el estatus de irrelevancia diplomática que administra el sonriente Moratinos. Resulta de temer que la salida al actual cuadro clínico no dependa sólo de un ajuste de la dosis sino de una rectificación del diagnóstico. En política exterior, mucho más que en otras políticas, aparte de significar mucho las dosis, lo que importa no es el talante sino el nivel de competencia.
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