| En España las mentiras de los gobernantes no suelen tener consecuencias ni deparan la obligada asunción de responsabilidades políticas como ocurre en las democracias consolidadas. Sólo los ciudadanos en las urnas, como le ocurrió al PP de Aznar en el 2004 tras las mentiras del 11M, o al PSOE de González tras las mentiras de los GAL y la corrupción en 1996, se toman la justicia por su mano y depuran en las elecciones todas las falsedades de los políticos infringiéndoles, si llega el caso, el castigo de la pérdida del poder. Pero mientras la legislatura continúa, en España mentir no tiene importancia y por eso Zapatero —aquel joven de la sonrisa, el talante y la regeneración democrática que nunca llegó— ha aprendido a mentir con suma facilidad y ahora nos dice sin rubor que no hay inquietud ni preocupación en los militares españoles en relación con el Estatuto de Cataluña como aseguraba el teniente general Mena en la Pascua Militar. Dicho está que Mena no hizo lo que debía y lo que le obligan las ordenanzas, y dicho queda que no hay riesgo ni amenaza de golpismo —salvo en la mente de quienes hoy aprovechan el revuelo para buscar votos—, pero inquietud en el Ejército por el Estatuto y la negociación con ETA sí que hay, en contra de lo que dice el presidente, faltando a la verdad. Entre los mandos y cuadros militares de tierra, mar y aire no sólo hay preocupación por el Estatuto, como en la mayoría de los españoles, sino que se ha añadido la indignación por lo que ha acontecido en torno al teniente general, y en especial por las acusaciones de golpismo emanadas del nacionalismo y de los medios de propaganda más afines al palacio de la Moncloa. Más aún, no sólo existe preocupación por el Estatuto, sino que en la cúpula del Ministerio de Defensa están además preocupados por la posibilidad de que el ejemplo de Mena pueda tener seguidores. De la misma manera que preocupa en Defensa y en la cúpula militar de los ejércitos la recogida de firmas entre militares, el posible homenaje a Mena cuando pase a la reserva, y los errores del CNI, que no supo detectar a tiempo el “pascualazo militar” del teniente general Mena, dejando en el mayor de los ridículos, cuando hablaba de ruido de sables, al ministro José Bono y en evidencia al presidente Zapatero, que ha rescatado una crisis militar, por pequeña que sea, y de quien se ha escrito y hablado mucho en toda Europa. Y de manera especial en la OTAN —a la que no hace muchos días el ministro Bono increpaba desde Pakistán— o en los departamentos de Defensa y Exteriores de Estados Unidos, donde el Gobierno americano guarda una cuenta pendiente con Zapatero que no ha sido saldada, ni mucho menos, por el costoso —en vidas y fondos— despliegue militar español en Afganistán, y por la chapuza del envío de la fragata Álvaro de Bazán al golfo Pérsico para escoltar las incursiones y los bombardeos en Iraq de un protaaviones USA. Hasta el servicio secreto marroquí y el Gobierno de Rabat se habrán interesado y mucho por la “movida” organizada en torno al discurso del teniente general Mena. Y ojalá que los jefes de ETA —expertos en el “contra peor, mejor”— no decidan romper el silencio de sus pistolas en esta tesitura viendo al Gobierno en franca debilidad. El presidente Zapatero ha mentido una vez más y es la enésima vez que lo hace, porque está a la defensiva y sin rumbo, embarcado en una reforma estatutaria y una negociación con ETA en la que depende de los demás. Camina sobre la cuerda floja a más de cien metros de altura, gana tiempo como puede y a lo mejor utiliza esta crisis de los militares para meter miedo y presionar a los nacionalistas a ver si firman a la baja, mientras que a su alrededor, en el PSOE, se cierran filas en pleno desconcierto e intentan convencer a Maragall de que lo suyo fue una locura que hay que rectificar como sea si no quieren el derrumbe del castillo de naipes construido por su presidente desde la mayor indigencia e irresponsabilidad política. El presidente no dice la verdad ni sobre los militares, ni sobre la OPA, ni sobre ETA, ni sobre Batasuna, ni sobre el Estatuto, ni sobre el PP. Mintió públicamente a Cataluña cuando les prometió aprobar en Madrid el Estatuto que aprobara el Parlamento catalán y desde ese momento no ha parado de engañar a unos, a otros, a todos, cambiando de posición y sin tener un plan B o una alternativa de recambio si se le derrumba el tinglado de la farsa en el que deambula y en el que ha metido a España. Desconociendo, en su desesperación, que los riesgos que corre, y que corre España si acepta un mal Estatuto y el inicio de un acuerdo con ETA sin garantías de nada, son mayores que los de una ruptura en ambos frentes que indiscutiblemente están relacionados entre sí. El presidente ha aprendido a mentir por necesidad y ya no puede parar.
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