La noche del pasado viernes, Twitter, la popular red social de mensajes cortos, sufrió un ataque del autodenominado Ciberejército Iraní. El balance de la intrusión fue la caída del servicio durante una hora, mientras los que trataban de acceder eran dirigidos a otra web en la que se podía ver una bandera verde con carácteres islámicos y la leyenda "este sitio ha sido pirateado por el Ciberejército Iraní", o algo por el estilo. Conviene recordar que, tras las pasadas elecciones en Irán, redes sociales como Twitter o Facebook se convirtieron en altavoces de la oposición de aquel país, a través de las que se denunciaba el supuesto fraude cometido por el presidente Mahmud Ahmadineyad y sus, nunca mejor dicho, fieles. Los vídeos que vimos en los informativos de televisión salieron en su mayoría de las nuevas trincheras cavadas en la red por aquella marea verde que convulsionó el país persa.
No es éste el único caso en el que la batalla sobre el terreno se traslada a internet. El Ejército israelí tenía su propio servicio de comunicación para sembrar Youtube y otras redes sociales de vídeos favorables a su causa mientras llovían las bombas y las acusaciones por los excesos cometidos en la invasión de Gaza. Hace poco más de un año, Estonia sufrió un ataque que puso en peligro desde las comunicaciones del Gobierno hasta el funcionamiento de los cajeros automáticos, obligando a la OTAN a enviar a expertos en seguridad informática. En el pequeño país báltico se miraba por el rabillo del ojo a la todopoderosa Federación Rusa, con la que no mantenían, ni mantienen, precisamente buenas relaciones. El problema con estos ataques es que es complicado probar la autoría, técnica e intelectual, del vecino cabreado en cuestión. Por ello se convierten en un arma muy interesante y cada vez más usada, ya que además no están considerados una acción militar.
Las disputas más arraigadas de nuestro planeta y los nuevos conflictos están trasladando sus frentes a nuevos campos de batalla en la red de redes. La opción de enviar al enemigo a la edad de piedra haciendo caer internet es demasiado apetecible como para que las pequeñas y grandes potencias pasen por alto el asunto. Jamás podremos disfrutar de una seguridad absoluta en la red, de la misma forma que no la tenemos cuando nos disponemos a sacar dinero de un cajero. Los gobiernos, que trabajan para proporcionarnos tranquilidad en nuestra actividad electrónica, perfilan sus estrategias de ataque y líneas de defensa ante un eventual conflicto en el ciberespacio. Casos como el iraní ponen de manifiesto que vivimos un nuevo tiempo en el que la rapidez de los avances tecnológicos dejará abiertas muchas puertas traseras por las que podrán colarse los 'malos'. Tendremos que acostumbrarnos a las nuevas guerras o al nuevo terrorismo, pero nada de esto debería hacernos mirar al futuro de manera pesimista. Nos queda mucho por descubrir y aprender, y eso no podrán impedirlo aquellos que siempre han visto en la tecnología una oportunidad para el mal.