La cuestión no está en la edad de 81 años que tiene Alberto Oliart para ser presidente de RTVE, ojala hubiera en el Gobierno varios ministros con esa edad. El problema está en el conocimiento que de todo este embrollo tiene el candidato y ex ministro de Defensa de la UCD para dirigir la radio y la televisión públicas, y el conocer su proyecto y capacidad para conseguir lo que no se ha logrado todavía: la independencia informativa y editorial de RTVE. Lo que nunca ocurrió a pesar de la presunta autonomía -que no es tal- de la RTVE de los tiempos del saliente Fernández, que se limitó a gestionar el reparto del poder informativo y editorial del Ente entre los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, especialmente, y el resto de las minorías con representación parlamentaria. Pero dejando la dirección de los programas informativos y de debate en manos de periodistas del PSOE, o afines al partido del Gobierno, y en muchos casos acaparando cargos y los programas por pares, tanto en la radio como en la televisión nacionales.
El reto de Oliart no es contentar a todos, con el vigente sistema de cuotas, pero primando de mayor a menor, sino de hacer algo que nunca se ha hecho en España: dar entrada al periodismo independiente ajeno a los partidos y a los grandes grupos de comunicación, para producir información propia y a la vez de calidad e independiente, ajena a comunicados y actos oficiales de uno y otro partido -debe mandar la información no las agendas de Moncloa y del PP- y ofrecer una opinión propia y cualificada y no prestada por otros medios nacionales -para comprar su silencio y complicidad con la gestión de RTVE-, como hoy ocurre con cuotas de periódicos de papel, de chicos y chicas, y de este o aquel partido. Hay cuota incluso de bronquistas, póngase a María Antonia Iglesias en un lado y a Miguel Ángel Rodríguez en el otro.
No sabemos si Oliart, a su edad, está para hacer la revolución en RTVE, que es lo que hay que hacer tras la senda de la BBC. Pero mucho nos tememos que no, primero porque viene de la mano del Gobierno con la bendición del PP, y en segundo lugar porque carece de experiencia y conocimiento de los verdaderos problemas, técnicos y de contenidos, que hoy día afectan a los medios de comunicación. Empezando por los telediarios NoDo, con viajes de ministros -acompañados por las cámaras de TVE- a cualquier país haya o no expectativas de información interesante. O cubriendo las vistas de los dirigentes extranjeros que visitan España con un papanatismo propio de los tiempos del franquismo. ¿En qué televisión de Francia, Gran Bretaña o de Alemania se emiten las visitas cotidianas de los visitantes extranjeros, con algunas excepciones de verdadero interés informativo? Pues en España se da cancha a todos, siguiendo el protocolo, discursos vacíos y sin el menor interés informativo nacional (y esto es sólo un ejemplo).
En fin, se podría escribir un libro sobre el desastre democrático, editorial e informativo de RTVE, desde el inicio de la transición hasta nuestros días. Y eso que hubo excepciones y programas de nivel
-La Clave
de Balbín fue una excepción, y por eso la liquidaron-, pero el pretendido pluralismo de las tertulias -diarias y semanales- y debates de ahora es una tomadura de pelo en manos de unos mediocres al servicio de los partidos políticos o para hacer propaganda de los titulares de su grupo de comunicación.
En realidad, la crisis de RTVE es la crisis del sistema político español y de esta maldita partitocracia que nos invade e impide pasar de la transición a la democracia. Con lo que pocas esperanzas tenemos puestas en Oliart para que pueda ser el principio de la solución. El perfil ideal es el de un heterodoxo, con conocimiento de los diversos caminos de la comunicación. Pero ese prototipo no gusta ni a la Moncloa ni al PP, que están al reparto y a colocar a los suyos, para que luego se les oiga bien en la radio y salgan bonitos en la televisión. Lo del tal Fernández que se va fue otro intento fallido, lo de Alberto Oliart veremos, pero todo apunta a que no habrá mayor novedad.