Presidente Consejo Editorial: Germán Yanke
Editor: Carlos E. Rodríguez - Director: Armando Huerta
26/10/2009
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La hora de Rajoy

Germán Yanke

El aldabonazo de Cobo en su entrevista en El País, que tanto revuelo causó ayer en el ya revuelto PP, comienza citando a Brecht, incluso al falso Brecht -como él mismo apunta-, al que se atribuye, sólo aquí y por causas que se me escapan, un texto del luterano Martin Niemöller en el que se habla de las persecuciones a las que uno no reacciona pensando que no van con él hasta que vienen a por ti y ya, como no has hecho nada antes, nadie queda para defenderte. Esta cita del vicealcalde está un poco traída por los pelos, quizá para darle a la entrevista un énfasis que no necesitaba y un aire culto con el que no se acierta del todo, sobre todo cuando los perseguidores a los que se refiere, que no son otros que los amigos de Esperanza Aguirre (o ella misma), terminan en su relato viniendo por España, nada menos, y no por él y los suyos que, desde luego, encontraron quien los defienda y lo siguen encontrando. Pero hay que reconocer que la primera cita, sobre la necesidad de decir la verdad cuando la hipocresía se vuelve ridícula, está bien traída a la discusión porque, no nos engañemos, la convulsión puede poner nerviosos a algunos y enfadados a otros, pero Cobo no dice nada que no se haya escuchado repetidamente en despachos y tertulias de militantes y dirigentes del PP.

Lo de Niemöller y el falso Brecht suena casi siempre bien, pero la realidad del debate interno en el PP sólo es una batalla "por España", es decir, por el poder y el control del partido, en las ensoñaciones de algunos. A poco inteligente que sea Esperanza Aguirre ya no puede jugar, si utilizamos la metáfora de las apuestas en el hipódromo, a caballo ganador, sino sólo a caballo colocado. Lo que ocurre, sin duda, es que la presidenta madrileña apuesta, aunque sea en asuntos menores, con una contundencia que llama la atención y de un modo que, a menudo, sin consideraciones, es decir, sin importarle lo que se lleve por delante. Esta apuesta última (por el momento) -colocar a su vicepresidente Ignacio González a la cabeza de Caja Madrid- es en ese sentido paradigmática porque no se le puede escapar que, por extravagante, es una propuesta que no gusta ni en su partido, ni en el PSOE, ni en el Gobierno, ni en el sistema financiero y tampoco en amplios sectores de sus apoyos madrileños. Tanto ha jugado a caballo colocado, aunque sea con tanto arrojo como escasas posibilidades de éxito, que ha vuelto a conseguir, como ocurrió entre las últimas elecciones generales y el congreso de Valencia de su partido, que se vuelvan en su contra la dirección nacional del PP, los barones territoriales (incluso los desconcertados) y los militantes ansiosos de un poco de calma y coherencia. Imposible ganar la apuesta marcando el caballo triunfador y hacerse con posibilidades de futuro para más altas oportunidades. Imposible, a estas alturas, conseguir que, aunque no se gane la apuesta principal, se consiga la del caballo colocado. Ya sólo le queda, y sorprende como estrategia, la advertencia de que puede hacer apuestas, aunque sean un tanto alocadas, que llaman la atención y se convierten en el tema de conversación en todos los corrillos. Quizá así se logre también que el respetable público del hipódromo exclame, en momentos de tensión, que hay que tener cuidado con la apostadora. Pero nada más.

Nada más y nada menos porque, en esos corrillos y más allá de ellos, se palpa la sensación de caos y descontrol en el PP, sobre todo sumando este episodio a otros anteriores. Descontrol interno y caos de cara al exterior, del que no hay mejor prueba que la imposibilidad de hacer en estas condiciones la oposición rigurosa que conviene al sistema democrático y al propio partido. Es la hora de Rajoy, se dice, y es verdad. Que lo sea para gobernar tendrán que ratificarlo las urnas. Que lo es para poner orden es una evidencia que no se puede demorar.

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