Nos vamos de vacaciones con un nuevo incremento del paro, que llega al 18% de la población activa, y una ruptura total del diálogo social y de las relaciones Gobierno-CEOE.
No son buenas noticias, sobre todo la primera. Es posible que los dirigentes de la patronal hayan querido evitar un acuerdo social que, junto al de financiación autonómica, hubiera dado al Gobierno una gran estabilidad. En cualquier caso, su pretensión de recortar las cotizaciones de la seguridad social un 5% era tan inasumible que sólo se explica desde las pocas ganas de llegar a un acuerdo. La ruptura es mala, pero mucho menos de lo que lo hubiera sido sin el pacto autonómico. Con él, el Gobierno puede ya aprobar los Presupuestos y tratar de seguir relanzando la economía.
El paro es otra cuestión cuya gravedad no debe ocultarse argumentando que su crecimiento se ralentiza. Cierto, este trimestre ha sido menos malo que el anterior, pero peor de lo que se esperaba, y hubiera podido ser todavía peor si no fuera por la disminución de la población activa, que refleja el desánimo de los buscadores de empleo retirándose del mercado de trabajo.
Lo que está ocurriendo muestra que la crisis está castigando a la economía española con más intensidad que a la europea y a ésta más que a la americana. El FMI augura una caída del PIB europeo del -4.7% en el 2009 y para EEUU el -2.6%.
Y eso contra todo pronostico. Recordemos que, por estas fechas hace dos años, se empezó a hablar de la crisis de las hipotecas basura americana. Entonces las autoridades económicas europeas en general, y españolas en particular, sacaron pecho asegurando que ésa era una crisis americana, que el sistema financiero europeo gozaba de buena salud y que las economías de ambos lados del Atlántico estaban lo bastante "desacopladas" como para que la gripe hipotecaria americana no nos afectara.
Los americanos recibieron esas muestras de autocomplacencia con sórdida ironía, el viejo refrán "cuando veas las barbas de tu vecino afeitar..." les ha dado razón. Desde entonces la crisis se extendió geográfica y sectorialmente, hasta convertirse en una comparable a la depresión de 1930. Y no se ha convertido en una gran crisis social gracias a la rápida respuesta de los gobiernos, que han compensado la caída de la demanda privada abriendo las compuertas del Presupuesto. España es el país europeo que más lo ha hecho, con un estímulo fiscal, sumando sus componentes automáticos y discrecionales, del 2,5% del PIB.
Pero los bancos, que estuvieron en el origen del problema, siguen siendo parte del mismo. Hoy, los debates vuelven a centrarse en el sector financiero, cuya situación no ha mejorado a pesar de las intervenciones públicas masivas en ambos lados del Atlántico desde octubre del 2008.
La situación es especialmente delicada en Europa. En Bruselas se considera que la más tardía salida de la crisis en Europa se debe a la situación de sus bancos, a pesar de los esfuerzos del Banco Central Europeo (BCE) para inyectarles liquidez. Recientemente, el BCE ha introducido 442 billones de euros al sistema bancario europeo, que no han llegado a la economía real. Los bancos no han aumentado los préstamos a consumidores e inversores, lo que denota una continua falta de confianza de los bancos hacia sus clientes.
El sistema bancario es inherentemente pro cíclico y en épocas de recesión casi todas las operaciones les parecen demasiado arriesgadas a los mismos banqueros que ayer perseguían a sus clientes ofreciéndoles endeudamiento fácil. Por ello el centro de investigación sobre las políticas económicas en Europa, Bruegel, insiste en que sin restaurar la salud de los bancos europeos no se pondrá fin a la recesión. Y los bancos europeos no han desvelado el peso de los activos tóxicos de sus balances, que los exponen a riesgos de insolvencia material en el futuro y retraen la concesión de nuevos créditos.
En Europa tenemos además dos problemas que son muy específicos de nuestra estructura político-económica. Los planes de rescate de los bancos europeos han actuado sobre bases nacionales, olvidando la importancia de los 40 o 50 bancos transfronterizos que operan en la UE. Y en la zona euro existe una sola moneda, pero pocos mecanismos de coordinación de las políticas económicas de los 16 Estados que la forman.
No olvidemos que, a diferencia de las crisis bancarias de finales de los 70 (en España), 80 (Estados Unidos) y 90 (Japón), la crisis actual no es de ámbito nacional. Los procedimientos de insolvencia habituales no pueden ser aplicados para bancos con una dimensión transfronteriza sustancial, como demostró el caso del banco belga Fortis, en el que las discrepancias políticas internas de los países afectados impidieron que funcionaran los sistemas de gestión transnacional.
Para superar estas deficiencias se ha propuesto que el sistema de regulación bancario y de ayuda al sistema sea coordinado a nivel supranacional. Actualmente, ni la Comisión, ni el Banco Europeo de Inversiones ni el Banco Central Europeo tienen competencias para llevar a cabo dichas funciones.
La solución no es fácil. Haría falta, como ha propuesto Bruegel, la creación de una agencia supranacional capaz de evaluar transnacionalmente la situación de los bancos europeos, catalizar esfuerzos de recapitalización y convertirse en el administrador fiduciario de los activos adquiridos en los procesos de recapitalización.
Sin la recuperación del sistema bancario Europa puede sufrir un estancamiento económico parecido al de Japón de la década de los 90. Constantes impulsos económicos no tuvieron efecto alguno sobre la economía del país, que ha acumulado montañas de deuda pública sin superar la crisis económica.
Para que Europa no caiga en la misma trampa, el sistema bancario debería purgar sus males y permitir que los paquetes de estímulo económico se trasladen a la economía real. Sin ello, la actual combinación de restricción del crédito, crecientes niveles de desempleo, fallidas bancarias y disminución de la actividad económica y consumo de las familias pueden detener el crecimiento europeo a varios años vista. Y eso sería mucho más grave que la ruptura del diálogo Gobierno-empresarios en vísperas de estas vacaciones.
josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu