Es un poco misterioso el cortejo que ha organizado el presidente Rodríguez Zapatero para que le acompañe al Desayuno de Oración en el que va a encontrarse, ya que no en Madrid, con Barack Obama. Da la impresión de que el empeño (y el anuncio a bombo y platillo) para que el presidente norteamericano diera esplendor a la Cumbre bajo presidencia europea estaba pensado para que constatáramos que Obama quiere a Zapatero. De otro modo no se entiende la pasmosa descoordinación con los presidentes del Consejo y la Comisión que se han apresurado a subrayar que ellos no han sido los que invitaron al inquilino de la Casa Blanca y pusieron en él todas las esperanzas. Como Obama no vendrá, al menos ahora un grupo de elegidos podrán cerciorarse de que tiene razón Leyre Pajín y tanto él como nuestro presidente tienen la misma "visión".
Hans Arts decía que cuando se sentaba en una iglesia de Ámsterdam a rezar, en realidad no rezaba, pero que allí, callado y tranquilo, a menudo se le ocurrían cosas interesantes. Que fuera Dios el que se las inspiraba es algo que el artista holandés no se atrevía a asegurar. Podría ocurrir, por tanto, que en la ceremonia a la que va a asistir el presidente en Washington le viniera a la cabeza algo serio para poner orden en su casa, el Gobierno, y en la de todos, más necesitada que nunca de un plan coherente y meditado para afrontar los retos y los graves problemas que nos acucian. O, al menos, en las conversaciones con el cortejo puede pedir la palabra alguien y, educadamente, ofrecer algún criterio o alguna sugerencia. Mientras Rodríguez Zapatero viajaba para rezar, o lo que sea que vaya a hacer allí, el Gobierno rectificaba la última propuesta sobre las pensiones, balbuceaba sobre el recorte del gasto, padecía al presidente de Castilla-La Mancha -¡nada menos!- sugiriendo cambios en el Gabinete y prometía, como si fuese el rey de las previsiones, el oro y el moro, reducción del déficit y recuperación económica incluidos. Es, desde luego, para rezar. O para pensar en la penumbra, como Arts.