"Las ideas endebles conducen a la
debilidad de los gobiernos. Ése
es el germen de las naciones decadentes"
(Baura)
En su primera época como primer lord del Almirantazgo, en los días previos a la I Guerra Mundial, Winston Churchill tuvo que enfrentarse a los piratas que operaban en el Índico, en las aguas occidentales de la India. Los servicios de inteligencia de la Royal Navy, experimentada en este tipo de incidentes, trataron de dividir a los jefecillos de las distintas flotillas para debilitar su fortaleza. Cuando le informaron a Churchill de las distintas calidades y tipologías de los piratas con los que debían enfrentarse, no lo dudó un segundo y les dijo a los jefes operativos que asistían a la reunión:
-Para determinar la calidad de los piratas hay que hacer lo mismo que con el té, meterlos en agua hirviendo.
En tiempos de "lo políticamente correcto", quizás la expresión pueda parecer extrema, salvaje, despiadada o, sencillamente, inconveniente; pero, ¿estamos dispuestos a debatir sobre la condición democrática de Churchill? El germen que le da sentido al Estado es la protección de la paz y el bienestar de sus ciudadanos y, para conseguirlo, ese Estado se reserva para sí el monopolio de la violencia.
Asistimos en el desgraciado episodio del
Alakrana
a la penosa exhibición de un Estado débil, confuso e indeciso en el que, por lo que llevamos visto, se contemplan con prioridad los derechos de los delincuentes, de los piratas, que los de los ciudadanos, la tripulación del barco atunero.
No sabría decir cuál de los dos ministros directamente afectados por las circunstancias, el de Exteriores o la de Defensa, se advierte más fofo, menos competente. Es más, la injerencia del Poder Judicial en el asunto, sin la oposición del fiscal, que es el cauce adecuado para las sugerencias gubernamentales, cierra un mosaico de total incapacidad.
Se supone que los gobiernos están para resolver los problemas que angustian a los ciudadanos, afectan a la Nación y comprometen al Estado. En el caso del
Alakrana,
como si se tratara de la crisis económica en curso, el Gobierno de Zapatero no sólo defrauda como motor de soluciones; sino que, en un alarde de ridículo internacional, destaca como promotor de su engrandecimiento y complicación.
Muy lejos de la teoría de Churchill, no sólo no se mete en agua hirviendo a los dos piratas precipitadamente trasladados del escenario de los hechos a la Audiencia Nacional, sino que se les mima con una consideración impropia e inadecuada. Ignoro si el pormenor de las circunstancias aconsejan o no el empleo de la fuerza; pero está claro que un Estado no puede esconderse y evidenciar la incapacidad de sus dirigentes políticos para enfrentarse a la realidad y obrar, decididamente, en consecuencia.
No podemos decir que Carme Chacón y Miguel Ángel Moratinos, cada cual en su ámbito, nos defrauden. Ya nos tenían defraudados. Por encima de ellos, María Teresa de la Vega, en quien José Luis Rodríguez Zapatero tiene delegada la coordinación interminesterial del problema, tampoco nos decepciona. Estamos ante un Gobierno de avería en el que todo resulta posible; pero la anteposición de los derechos de los piratas a la defensa de la integridad de un grupo de ciudadanos españoles sobrepasa cualquier medida. ¿Que es un asunto delicado y difícil? Nadie lo duda, pero se supone que gobernar es asumir el riesgo del error. Es, en cualquier caso, algo más que despilfarrar el dinero de todos y atribuirle los fracasos a la oposición.