A estas alturas, y pasada la resaca, ya nadie duda, ni en el PSOE, de que Mariano Rajoy ganó el debate parlamentario sobre los Presupuestos Generales del Estado. Sobre la discusión en el Congreso se han dicho cosas paradójicas, no hay tampoco duda. Que si, al referirse al presidente del Gobierno como responsable del proyecto, Rajoy ninguneaba -incluso de modo "machista"- a "la primera mujer que los presentaba". Para responder a una tontería, María Dolores de Cospedal ha dicho otra: que habría sido como si en el colegio un chico pega a una chica. Que si el presidente del PP no hizo propuestas concretas, algo que ciertamente podría hacer la derecha de modo inteligentemente pedagógico, pero, en esa ocasión concreta, se trataba de analizar una enmienda a la totalidad, es decir, la retirada del proyecto y no su alternativa. La vicepresidenta Salgado dijo ayer que ella estaba preparada para discutir propuestas y no para la descalificación y la algarabía. Es cierto que, en el Congreso, ahora el PP, en otras ocasiones sus adversarios, montan unos guirigays impresentables, pero para lo que tenía que estar preparada era para defender los Presupuestos, no para un debate académico. Sean paradójicas o resignadas las cosas que se han dicho, el debate lo ganó Rajoy. Por su contundencia y claridad y porque consiguió lo que pretendía: que se visualizara, más que la santa y paternalista preocupación del Gobierno por los españoles, que el proyecto no es un instrumento adecuado para afrontar la situación actual hasta el punto de que quienes apoyaron al PSOE (por contrapartidas que no hacen referencia a la política económica general) también lo criticaron.
La cuestión es que el Presupuesto sólo sirve, más allá de para mantener la maquinaria de la Administración, para asegurar en las cuentas el inmenso aumento de la protección social a los desempleados. Debe subrayarse que, a pesar de los cantos que el Gobierno se hace a sí mismo sobre la exclusividad en el cuidado a los desfavorecidos por la sangría de empleos, esa protección aumenta fundamentalmente porque hay más parados, no por la ayuda complementaria para quienes hayan terminado las prestaciones, asunto en el que, por otro lado, tuvo el apoyo de la oposición. El papel fundamental que iba a tener el Estado en la crisis económica, tan mentado, se ha quedado en eso, ya que falta dinero para inversiones productivas y para el cambio de paradigma en el sistema y, además, se suben los impuestos y se retraerá con ello aún más la actividad económica. Los Presupuestos no abordan eficazmente este panorama ni dejan entrever qué pueda ser la "economía sostenible" de la que tanto se habla. Las cuentas se desbordan, las previsiones de déficit, que ya son tremendas, no se cumplirán, y las reformas para encarar el futuro no están presentes.
No se trata de amargarle el triunfo parlamentario a Mariano Rajoy, pero los problemas de la vicepresidenta Salgado en la tribuna de oradores no eran ni su bisoñez en los debates parlamentarios, ni que su oponente fuese más contundente y se dirigiera al presidente, ni que los diputados del PP estuvieran farrucos y vocingleros. El problema eran los Presupuestos. Con otros a lo mejor hubiera salido más airosa.