Lo mayúsculo del lío terrorista en Oriente Medio viene a crecer día a día, por la propia complejidad y la misma dinámica de las interrelaciones existentes entre sucesos que se acumulan en escenarios inconexos entre sí, aparentemente al menos. Es ahora el caso de la identificación del terrorista suicida que hace ocho días, en el sureste de la República Islámica de Irán, hizo estallar la carga explosiva que llevaba adosada a su cuerpo y dio muerte a 42 personas, más de una cuarta parte de las cuales eran mandos -altos y medios- de la Guardia Revolucionaria iraní, y los demás representantes de los clanes tribales suníes con los que los primeros iban a negociar, como en otras ocasiones, acuerdos para la represión del terrorismo y la lucha contra el bandidaje -involucrado muy sensiblemente en el tráfico de la heroína afgana- que opera en aquella región del Estado persa, limítrofe con Afganistán y Pakistán.
Pero también pesa la actualidad paquistaní de la campaña en la región de Waziristán del Sur donde el Ejército nacional acaba de conquistar el bastión talibán de Kotkai en una campaña iniciada por la presión de Washington desde la advertencia de que si no se ponían manos a la obra para fumigar militarmente los reductos en las montañas limítrofes entre el propio Pakistán y Afganistán, no empezarían a fluir los 5.000 millones de dólares prometidos para la cooperación militar y política contra Al Qaeda, allí enrocada, y contra los talibanes que cooperan con ella en la guerra afgana, cuya capacidad de eternizarse y arruinar el esfuerzo militar y político de sus oponentes, como bien pudo probarse en la campaña contra la ocupación soviética, donde la URSS se desangró en medida semejante a como le ocurrió a Estados Unidos en la guerra de Vietnam. No pudiendo los rusos recuperarse del esfuerzo aquel, como si lo hicieron sin embargo los norteamericanos. Aunque éstos, como todos los demás -también sus aliados de la OTAN- arrostran en la actualidad las consecuencias de la presenta crisis económica, la más profunda entre todas las habidas desde principios del Siglo XX hasta ahora.
Tan no está para bromas el cuadro actual, con la guerra de Afganistán y con la limitación de recursos políticos, económicos y militares, que el Ejército paquistaní no se para en barras ante la resistencia en las montañas de Waziristán -por haberse empotrado además los islamistas entre la población y los dispersos espacios urbanos de la zona- y se reiteran las bajas civiles en cantidades siempre apreciables. La última, la de este sábado, con un balance provisional de 18 muertes. Hacen los islamistas en armas de Waziristán lo mismo que hicieron los islamistas de Hamás en la guerra de Gaza, entre diciembre del años pasado y enero del año actual. Pues bien, ahora resulta según fuentes persas que el referido terrorista suicida se preparó para la inmolación en el vecino Pakistán, donde también se prepararon los componentes del grupo que la primavera pasada ejecutó la masacre de Bombay. Se trata, como fácil resulta advertir, de un dato de la mayor significación y relevancia. La constante del terrorismo islámico tiene su base en el espacio afgano-paquistaní, siendo múltiple su proyección más allá de lo local y elocuente, por ello mismo, sobre la importancia casi global del conflicto que allí se desarrolla. Un problema que, como los hechos demuestran, obligan al régimen de Irán a reconsiderar las acusaciones que ha hecho contra Occidente como supuesto responsable del atentado de hace ocho días contra los Guardianes de la Revolución, su mimada fuerza de élite como garantía frente a veleidades del Ejército.