La sociedad civil se pregunta
en dónde queda la memoria, que no puede ser sino histórica. Se pregunta por la ubicación de los recuerdos porque están pendientes. No es fácil deshacerse del pasado ni de sus protagonistas. Las cosas de los hombres tienen mucha mayor resistencia al olvido que al crédito, por eso pasamos por tantas calles dedicadas a hombres ilustres que no le suenan de nada a casi nadie. Seguramente lo fueron. Protagonizaron su presente y acumularon méritos suficientes como para que se intentara guardar su memoria. El problema es que no sólo el tiempo pasa sino que el hombre tampoco se queda, va con él y de nada sirve dejar estatuas si no se ha dejado la indeleble obra de la vida digna, ésa sí que tiene la opción de quedarse y mostrarse cada vez que quiera.
A veces, el tiempo se pliega como las páginas de un libro como queriendo decir de que modo casi todo corre el riesgo de volver a encontrarse, por eso conviene limpiar la cuneta de cadáveres antes de continuar caminando. Tienen la mala costumbre de aparecer cuando menos se les espera. Y todos los hombres sospechamos la inoportunidad del recuerdo y a veces tememos más por ello los golpes en la puerta, el sonido del timbre que a los sobres de Hacienda o del Ayuntamiento.
Ayer, la autoridad gubernativa cultural llevó al Archivo de Salamanca, al parecer, un montón de archivos sonoros, entre los cuales he acertado a oír un discurso de Manuel Hazaña en Barcelona en 1938 y mañana se cumplen 38 años de la muerte de mi padre, a quien le hubiera gustado sin duda entregar esa bandera republicana que acompañó al féretro de Hazaña en el exilio. Y todas esas cosas se empeñan en juntarse, como posibilitando el libre albedrío del que me sirvo en esta columna y, así, dejar que sea el sentimiento a lomos del recuerdo el que fluya desde quien sabe dónde con la soberbia y la vanidad sublime de cuando uno habla de sus cosas.
De cualquier manera, la maraña de la memoria se empeña en mostrarse con esa desnudez soez que acompaña siempre a lo verdaderamente honesto, como si no se pudiera ser tal sin rozar lo ñoño, lo inoportuno y gratuito. Es imprescindible no renunciar a ello a condición de mantenerse firme en el tono. La culpa desde luego, no la tiene el lector y bastante tiene con soportar los dimes y diretes de los que se sirve quien esto escribe, que suele exponer sin el menor recato ni consideración.
Mañana, 15 de octubre, se cumplen 38 años de la muerte de Francisco Andión, mi padre y la persona a quien más he querido parecerme en la vida. Y en nombre de quien hoy me duelo. Que se sepa. Perdonadme.
No hay casualidades, sólo oscuras coincidencias letales. Octubre