"La fórmula substancial del genio popular
español: individualista y autoritario"
(Ernesto Jiménez Caballero)
Nadie, ni los más devotos de Zapatero, se atreve a señalar el tiempo presente como de bonanza y bienestar. Estamos instalados en la catástrofe y, como en el chiste, los españoles se dividen en dos grandes grupos: los optimistas y los pesimistas. Los primeros piensan que, de seguir así, terminaremos comiendo mierda. Los segundos temen que no habrá mierda para todos. El desánimo se apodera de los ciudadanos, el Gobierno es incapaz de reaccionar y, mientras la oposición nacionalista aprovecha el trance para tratar de pescar en el río revuelto, el otro único partido de ámbito nacional, el PP, está adormilado y confuso.
Unos, por la izquierda, añoran los días de Felipe González y confían, como si la Historia tuviera marcha atrás, en el retorno del líder sevillano. Otros, por la derecha, a quien añoran es a José María Aznar. Mal asunto y síntoma demoledor es esa adoración del pasado o, lo que es lo mismo, esa renuncia a la potencialidad del futuro.
Puestos a buscar un responsable principal de lo que nos pasa, que es un ejercicio tan estéril como preventivo de males futuros, lo podemos centrar en la figura de Aznar. Su responsabilidad, crisis económica al margen, es doble porque a él debemos la designación de Mariano Rajoy y el advenimiento de José Luis Rodríguez Zapatero.
El pecado original de Aznar reside en sus concesiones a Jordi Pujol para, con renuncia a la "regeneración democrática" que nos tenía prometida, alcanzar la mayoría parlamentaria que le condujo a la Moncloa. De ahí vienen una buena parte de nuestros actuales alifafes colectivos, especialmente los de naturaleza centrífuga y soberanista. Después, y tras una primera legislatura con balance claramente positivo, el líder del PP entró en éxtasis y, de Azores a El Escorial, cabalgó con pompas imperiales que le llevaron a, por sí y ante sí, designar heredero.
El vigoroso Aznar quiso, de alguna manera, sucederse a sí mismo y, sin confiar en un congreso de su propio partido para elegir un nuevo líder, como mandan los cánones democráticos, señaló con su propio dedo al que le pareció mas bizcochable. Así, sin más, se germinó el liderazgo de Mariano Rajoy. No era ni el único ni el mejor de los posibles; pero sí el que, a juicio del testador, parecía más influenciable y obediente. También en eso se equivocó el marido de Ana Botella y, como suele suceder, el criado le salió respondón y autónomo.
Zapatero era, en el PSOE, un líder sobrevenido. Nadie confiaba en él y, de hecho, fue elegido por los suyos para evitar que lo fuesen otros. Era un nombre para la travesía del desierto. No contaban los socialistas con la inestimable colaboración de Aznar ni con las circunstancias políticas que, además de las luctuosas, suscitó el 11-M.
El último de los grandes errores de Aznar fue la gestión, especialmente en sus facetas informativas, de aquel amargo 11 de marzo del 2004 y de los tres días que lo separaban de unas elecciones legislativas en la que todos los pronósticos sociométricos daban por segura la elección de Rajoy como presidente del Gobierno de España. La astucia no transparente del PSOE y la torpeza operativa del PP dieron paso a lo inesperado e imprevisible: la elevación de Zapatero a los altares presidenciales.
En condiciones normales, Zapatero hubiera sido lo que se esperaba de él. Un candidato frustrado y perdedor. Un paréntesis en la historia socialista a la espera del olvido de los excesos que pusieron fin al gonzalato. En el mejor de los casos, hubiera conseguido mantener la mediocridad de sus antecedentes y, como ex en la Secretaría General del PSOE, seguiría, en silencio, calentando un escaño en la Carrera de San Jerónimo.
Aznar, con la lamentable ayuda de las circunstancias, es responsable del ánodo y el cátodo de nuestra mala situación actual. Zapatero y Rajoy, si bien se mira, le deben al ex presidente su condición de protagonista estelar y antagonista principal de la tragicomedia en curso. Sospecho que, si en algún momento deja de contemplar su propio ombligo, debe de troncharse de la risa.