A nadie puede extrañar que el Comité Federal del PSOE cerrara filas el sábado en torno al presidente del Gobierno. Si el partido no quiere descalabrarse a más velocidad de la que la prudencia elemental recomienda, era el momento de que Rodríguez Zapatero pidiera apoyo y lo obtuviera. Si aparece en la opinión pública el fantasma de la división, del desconcierto, del abandono de colaboradores, etc., era también el momento de la reformulación de la unidad. Sólo faltaría que, con la que está cayendo, se echaran los trastos a la cabeza en el Comité Federal. Los que se sentaban el sábado, delante o detrás del presidente, saben bien que, entre nosotros, no sólo penaliza la división interna, sino hasta el debate más o menos sereno, y tienen para ello la antigua experiencia propia y la reciente de sus adversarios del PP, en la que insistían, como ahora los populares, como si hacerlo fuese la más contundente arma dialéctica.
Nada, por tanto, fuera de lo esperado. Lo importante no es la manifestación de la unidad, forzada por las circunstancias y organizada formalmente con urgencia, sino las bases sobre las que se ha forjado y presentado. Aquello del arte de rectificar, que en el comienzo de la anterior legislatura acrecentó la simpatía del presidente, se convirtió pronto en una reliquia y, ahora, ya no jugaría a favor del rectificador, sino de sus adversarios. No se podía esperar, por ello, que la reformulación del apoyo y el cierre de filas estuviera atravesada por la rectificación, la que fuese, que se le pide desde los grupos parlamentarios, los analistas y tantos organismos internacionales. Ya nada es como era en los momentos de bonanza y, desde el punto de vista de la supervivencia a corto plazo -que se ha convertido en el objetivo principal de la acción del Gobierno-, al PSOE le resulta imposible rectificar para retomar la sintonía con la opinión pública. Todo se ha construido de tal modo que cualquier enmienda seria se considera por los propios protagonistas un insoportable varapalo, no una oportunidad.
Lo importante y lo esperpéntico (o lo importante por esperpéntico) es que el cierre de filas se haya construido sobre una serie de tópicos del izquierdismo más trasnochado. Por un lado, la atrabiliaria elección de un enemigo en el que se residencian todos los males y contra el que se emprende la cruzada: "los poderosos", como si no fuese el Gobierno, por su carácter intervencionista, por el dinero de que dispone y gasta o por la destrucción de los contrapesos institucionales, el más grande los poderosos que padecen los ciudadanos en sus vidas y en sus bolsillos. Si se critica, se reclama o se sugiere algo (desde la patronal al gobernador del Banco de España, desde un editorialista a los expertos del Fondo Monetario Internacional) es porque son un grupo de rojos progresistas que se enfrentan a la reacción. Pero la respuesta no consiste en ninguna reforma seria, ningún plan coherente, ningún afán de cambiar las cosas, sino en la sobreactuación de un optimismo retórico y la conservación a toda costa de una situación de preponderancia y privilegio. Todo se hunde y, para sacar la cabeza de los escombros, desprestigiada la ideología, les queda un color.