Los Pirineos siempre nos separaron de Francia hasta que los ciclistas españoles los recorrieron en triunfo. Los Alpes nunca tuvieron definición tan negativa como la de los límites de España que se enseñaba en las escuelas de la posguerra y también fueron lugar de encuentro con el éxito para los nuestros. Ayer fue turno para Mikel Astarloza.
Los ciclistas españoles, de antiguo, se distinguieron en las rampas de los puertos. De los Alpes se guarda el primer recuerdo dramático porque en la bajada del Galibier, uno de los puertos míticos, se mató Cepeda.
Hasta en tiempos de la Guerra Civil los ciclistas españoles, que corrían formando equipo con luxemburgueses, con Ezquerra, Berrendero, Cañardo, Molina y Álvarez, fueron estrellas de la ronda, y no sólo por razones políticas como pudiera parecer, sino por su ataques en las montañas. La solidaridad se la ganaron en las ascensiones.
Mikel Astarloza ganó ayer tras escalar el Gran y el Pequeño San Bernardo. Tuvo que hacer gran esfuerzo para alcanzar a los tres escapados camino de la cima del último puerto. Cerca de la meta se escapó y confirmó el espíritu especial de los ciclistas españoles.
Alberto Contador confirmó que está en gran forma y dispuesto a no dejarse sorprender. Respondió al ataque de los hermanos Schleck y mantuvo el liderato. Esta vez quizá el héroe fue Armstrong.
El estadounidense, descolgado en la batalla del grupo de élite, logró recuperarse y consiguió alcanzar a los mejores. Fue auténtica exhibición.
Hoy hay más Alpes. Es lógico aguardar nuevas hazañas bélicas de los españoles. Contador no es el único en quien depositar nuestras emociones. Afortunadamente. Carlos Sastre está a la espera.