En sus 4 discursos, en Praga, El Cairo, Moscú y Accra, el Presidente Obama ha expuesto los grandes principios de su política exterior, a un ritmo y con una intensidad que desmienten a los que pensaban que la crisis económica le obligaría a delegar los asuntos del mundo en el vicepresidente Biden y su ex rival H. Clinton.
Al contrario, Obama ha utilizado los primeros meses de su Presidencia para ofrecer la nueva realidad del liderazgo americano, tender la mano a propios y extraños y poner a todos al pie de sus responsabilidades.
Desde la perspectiva de la política de ayuda al desarrollo, el discurso de Accra merece una atención que no podrá agotarse en esta crónica digital. En la próxima habrá que comparar el discurso de Obama en Accra con el de Sarkozy en Dakar que, aunque igualmente inspirados por la misma demanda de responsabilidad a los africanos, produjeron reacciones radicalmente opuestas.
Pero, ante las noticias que disparan de nuevo la alarma sobre los problemas alimentarios mundiales, quisiera ahora concentrar el análisis en las decisiones del G-8 en L'Aquila, desde donde Obama voló hacia Accra con la promesa de 20.000 millones de dólares para ayudar al desarrollo agrícola africano.
En efecto, en L'Aquila el G-8 acordó incrementar sus esfuerzos para luchar contra el hambre en África aumentando en 5.000 millones de dólares los 15.000 inicialmente previstos, gracias a la intervención personal de Obama que citó la experiencia de su propia familia para convencer a sus colegas de ese plus de generosidad. Y, obviamente, nadie iba a negárselo al nuevo Presidente de los EEUU en su primera reunión...
Japón, también fuertemente comprometido con el desarrollo de África, fue el segundo gran valedor de esa decisión. Y España añadió 500 millones de euros en los próximos 5 años a los 1.000 ya comprometidos para los programas de producción de alimentos.
Ese nuevo compromiso del G-8 llega en un momento en que el número de personas que sufren hambre amenaza con llegar a los 1.000 millones, bien lejos del objetivo de reducir a la mitad los 850 millones de principios de este siglo.
Conviene recordar que los alimentos básicos, como el arroz, el trigo y la soja sufrieron drásticas subidas de precios durante la crisis alimentaria de 2007 y 2008. Las causas de esa crisis, que provocó la Conferencia extraordinaria de la FAO en Roma, han sido de sobra discutidas, y cada vez aparece más claro el papel que en esa escalada de precios tuvo la especulación financiera. En los últimos meses los precios han bajado, pero sin volver a los niveles iniciales.
Aunque en Roma, ante la urgencia, los países desarrollados se comprometieron a aumentar la ayuda alimentaria, lo cierto es que el sector agrícola había pasado de recibir el 20% del total de la ayuda oficial al desarrollo en 1985 al 5% en 2005. Una disminución a la cuarta parte en 20 años, mientras que las necesidades de alimentos aumentaban, es un error de gravísimas consecuencias del que son responsables tanto los países donantes como los receptores de la ayuda al desarrollo, que demasiadas veces se ha asimilado con el desarrollo industrial.
La ayuda alimentaria ha ido sustituyendo a las medidas estructurales de lucha contra el hambre, como el aumento de la productividad de las pequeñas explotaciones agrícolas. Los EEUU destinan 20 veces más dinero en ayuda alimentaria de urgencia que en programas para aumentar la producción agrícola local en África.
En realidad, todos los países desarrollados han priorizado la donación de excedentes agrícolas en forma de ayuda alimentaria, estableciendo una relación perversa entre ayuda agrícola, exportación de excedentes y consecuencias de estas políticas sobre la seguridad alimentaria en África.
Ahora se reconoce que los países en desarrollo han disminuido su autonomía para alimentar a sus poblaciones y aumentado su dependencia de la ayuda alimentaria. Los excedentes del norte han destruido los incentivos para los productores de los países en desarrollo, que ven como alimentos importados a bajo coste gracias compiten deslealmente con sus propios cultivos.
Los compromisos anunciados por el G-8 en Italia pretenden romper con estas tendencias y reorientar las políticas alimentarias para aumentar la productividad local. El primer ministro de Japón insistió, como lo había hecho un año atrás en Yokohama, en que la inversión para fomentar la producción local es la única solución sostenible y que la caridad no representa una solución al hambre y pobreza en los países en desarrollo.
Ese fue también el mensaje de Obama en Accra. Pero este cambio de tendencia en la orientación de las políticas agrícolas solo será efectivo si los países del G-8 mantienen sus promesas. Hasta hoy, muchas de sus políticas se han limitado a reorientar compromisos existentes y no a distribuir nuevos fondos para luchar contra el hambre en el continente africano. Recuerdo lo difícil que fue, hace unos meses, obtener 1.000 millones de euros adicionales del presupuesto de la UE para dotar a los agricultores de los países más pobres de semillas y abonos con los que salvar la próxima cosecha.
Ahora se habla no solo de nuevos fondos, sino también de nuevas políticas para impulsar y no dañar el desarrollo a largo plazo de la agricultura africana. Esperemos que esta vez los hechos confirmen las promesas de L´Aquila y den sentido al discurso de Accra.
josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu