Rajoy en estado puro. No va a tomar ninguna decisión que precipite los acontecimientos en relación con Francisco Camps y Luis Bárcenas. Al presidente de la Generalidad de Valencia ya le ha devuelto su apoyo anterior; a Luis Bárcenas, le dejará caer como fruta madura. El presidente del PP parte de dos suposiciones seguramente acertadas en este caso: que él no debe desgastarse cuando será la dinámica de la propia administración de la justicia la que dará con los huesos de uno y de otro en el lugar que les corresponda; y que, a su parroquia popular, no le agradaría que sea él el que empuje a Camps a dimitir o a Bárcenas a dejar la tesorería del partido. Descubrimos en ambos episodios a un Rajoy que es implacable en su actitud pasiva que él sabe es la que más le preserva y, quizás, la que más desgasta a los colaboradores que están en apuros.
Vamos construyendo así, casi a cincel, la morfología de un personaje -Rajoy- que en su implacabilidad supera a un José María Aznar al que se ha atribuido siempre más racionalidad que emocionalidad. A comparación de Rajoy, Aznar era una auténtica "madre". El paroxismo de la indiferencia sentimental la constituye siempre la alianza de la adversidad con el tiempo, eludiendo incidir en esa ecuación según la cual no hay un desgaste personal si se deja que el transcurrir de los días y el agotamiento de los personajes haga que la situación de éstos entre en crisis. Rajoy sabe que uno y otro han cometido errores -no está probado que ninguno de los dos haya perpetrado delito alguno, al menos de momento- y no será quien les exija responsabilidad por el ello, pero tampoco será él el que les rescate de sus yerros. Cada cual en su casa y Dios en la de todos, parece afirmar con su silencio el presidente del PP. ¿Quién dijo que Rajoy no era un
killer?
Lo es y los que le rodean, tanto para amarle como para detestarle, van conociéndole. Y comienzan también a temerle. El presidente del PP ha pasado de ser considerado un "blando", un hombre dubitativo, un personaje casi caricaturizable, a ser valorado como un resistente que se alía con el quietismo taurino propio de José Tomás. El asta del morlaco casi le roza la taleguilla, pero él no descompone la figura.
La crisis de "Gürtel" está demostrando que en Rajoy, quizá fruto de la dureza con la que ha percibido las críticas a su supuesta inanidad, hay un personaje esotérico, extremadamente duro, paciente hasta la exasperación del contrario, olfativo del hartazgo de su electorado con el PSOE... y dispuesto a ser presidente del Gobierno. Parece haber entendido -como Felipe, como Aznar, como Zapatero- que los escalones que llevan a la poltrona presidencial son, en realidad, las espaldas de sus propios compañeros de partido. Muchos no sabían que Rajoy podía ser un tanto cruel. Ahora puede comprobarse que es perfectamente capaz de serlo.